Acierta T. S. Eliot cuando en el prefacio de este libro señala que la curiosidad respecto de la vida de un hombre público puede ser útil, inocente o impertinente. Y da también en el clavo al especificar que, tratándose de un escritor, puede ser muy útil si arroja luz sobre su obra. Para el caso que nos ocupa no es ocioso recordar que James Joyce (1882-1941) escribió libros tan autobiográficos en apariencia (Retrato del artista adolescente, Finnegan"s Wake, Dublineses, Ulysses) como para estimular con creces la indiscreción de lectores ávidos por meter las narices en los sucuchos más sórdidos del hogar de los Joyce, sus amistades y cada detalle de su vida en Dublín. Lo que Stanislaus Joyce (1884-1955) -el hermano que lo siguió en una prole que pasaba la docena- logra en este libro publicado por primera vez en 1958 (después de su muerte), es poner al lector en contacto con el mundo que nutre la literatura de James, por lo menos en lo que a su infancia y juventud atañe, ya que la muerte de Stanislaus dejó inconcluso el libro, que no llega a aportar datos de la madurez de Jim y su vida en Trieste, aunque en reiteradas ocasiones se proyecte hacia el futuro y bordee la obra posterior (los hermanos sólo se encontraron tres veces después de 1920 pero continuaron escribiéndose). Prometedor y provocativo, el título original inglés My Brother"s Keeper (El guardián de mi hermano) hace referencia al episodio de Caín y Abel en el que Dios pregunta al envidioso asesino por Abel, y su respuesta es: "No sé. ¿Soy acaso el guardián de mi hermano?". El desarrollo de estas vidas en común deja en claro que Stanislaus no es el guardián de su hermano. O no en el sentido de Caín. O no durante los primeros años. Pero sí sabe y quiere recuperar y preservar vida y obra de James a través de su memoria. Cosa que logra. Basándose en sus minuciosos recuerdos y apoyándose en el diario que llevó durante toda su vida -donde anotaba las conversaciones entre ambos, las agudas observaciones de James y acontecimientos de la trágica vida familiar- el lector verá a Stanistaus como una víctima de emociones encontradas (amor, rivalidad, servidumbre) que al decir de Richard Ellmann, biógrafo mayor de Joyce a cargo aquí de la introducción: "llevaba su carga con veneración ". Stanislaus, quien siempre intentó tener una personalidad distinta a la de Jim, escribe con valentía desde su conciencia de no elegido, a pesar de su propia inclinación por la literatura (o justamente por ello). Y logra, además de un esclarecedor documento sobre los 22 primeros años de uno de los más grandes escritores del siglo xx, una notable radiografía de las relaciones entre un hombre famoso y un ilustre desconocido, su hermano, él, quien llega a interesar al lector tanto como el propio Jim. Inteligente y lúcido aunque privado del genio del primogénito -que él es el primero en reconocer- lo siguió en muchos aspectos y en otros tomó distancia. Como buenos irlandeses habían sido educados en colegios religiosos, pero mientras Jim se despidió con frialdad de la Iglesia Católica, él continuó toda su vida agitando su puño contra ella, lo que ocasionó no pocas diferencias con su devota madre. Cuando comienza Ulysses, Esteban Dedalus sufre la culpa de no haber accedido al pedido de la suya de arrodillarse junto a la cama en que está muriendo. Stanislaus tampoco siguió a Jim en la bebida excesiva, en visitar prostitutas, en hablar mucho y decir tranquilamente a sus íntimos las cosas más hirientes, en escribir versos, prosa o ficción, en los modales corteses y la gentileza, en la irresponsabilidad, la ambición y la elección de amistades. Y sobre todo fueron opuestos en relación al padre borracho -Stanislaus acusa a Jim de imitarlo y ser su cómplice-, un hombre capaz de pedir a gritos a la esposa agonizante que muera de una buena vez. Cuenta el irlandés memorioso que para sus relatos James se apropiaba con frecuencia de sus sugerencias o los comentarios de su diario (que leía sin permiso). Y que de uno de sus propios experimentos, escribir sobre los diferentes pensamientos de una persona a punto de dormirse, el autor del Ulysses tomó ideas para su archifamoso monólogo interior y, sin embargo, años más tarde prefirió atribuir el descubrimiento de esta técnica a un olvidado escritor francés. Cuando en 1904 Jim dejó Irlanda, hasta cierto punto pasó a depender del hermano para seguir en contacto con los temas comarqueños que alimentarían sus ficciones. Stanislaus por su parte, dentro de sus posibilidades, mantuvo el humor y las finanzas de su hermano, dándole ánimos cuando los editores le rechazaban originales -como hicieron casi sin excepción entre 1906 y 1914. Las más de 300 páginas de Mi hermano... no cuentan la vida de Jim (y de su espejo y contracara, Stanislaus) con el anecdotario abundante que lectores predispuestos al chismorreo podrían esperar. El autor más bien se regodea en todo lo concerniente a la formación del artista, sus teorías, su obra literaria, sus creencias poéticas, sin olvidar influencias, convicciones y debates estéticos. En este campo sí Stanislaus es el celoso guardián aludido en el título original. Y en todos lados, un escritor cabal y apasionado.