Alguna vez dijo Chesterton, con punzante veracidad, que los grandes poetas son una bendición para la humanidad y una catástrofe para sus familias. El libro Mi hermano James Joyce, de Stanislaus Joyce (Adriana Hidalgo Editora), confirma plenamente este aserto. Encontramos en él, innegablemente, un memorial interesante, y aun pudiera sostenerse que se trata de un documento imprescindible para el total conocimiento de la obra de Joyce. Sin embargo, el hecho de que Eliot lo haya considerado un libro único, digno de ocupar un lugar permanente al lado de las obras de su hermano, quizá corresponda a una de esas operaciones del arte de la injuria que, según Borges, consiste en sobredimensionar una obra de méritos medianos colocándola al lado de otra excepcional, con el oblicuo y malévolo propósito de desmerecer a esta última. Pero, por sobre todo, estamos aquí ante un testimonio lacerado y patético acerca de las incurables heridas causadas por la injusticia, el esnobismo y la arbitrariedad que suelen rodear la aparición de un gran talento, en los testigos de esa deslumbrante y muchas veces cruel epifanía. James, que espiaba el diario de su hermano y le robaba sin escrúpulos ni reconocimiento alguno ideas, temas y hasta chistes, fue el único Joyce que llegó a la Universidad, desde la cual saltó a París. Sus planes fracasan entonces en parte, aunque, como dice Stanislaus, fue allí donde comprendió que el hambre, el sufrimiento y el malestar físico son menos hostiles al desarrollo del alma que la invisible presión de la religión y el nacionalismo. De todos modos, es en París donde Joyce se siente confirmado en una vocación que lo llevaría a su fama, todavía hoy incandescente. Stanislaus contempla el irresistible ascenso de su hermano con una mezcla de admiración e irrefrenable envidia, en la que una perturbadora complacencia entreteje también su hilo letal. La muerte de Stanislaus, ocurrida a los setenta años, frustró lo que hubiera sido, en el proyecto inicial, el núcleo más importante de su biografía, es decir, la etapa en que James escribe Ulises. Tal como se realizó, la obra sólo cubre los años en que Joyce escribe su memorable Retrato del artista adolescente. Durante ese período, entre 1905 y 1915, en Triestre, fue Stanislaus quien sostuvo emocional y financieramente a James, sumido en una etapa de abulia y desconcierto. También fue Stanislaus quien ordenó y tituló sabiamente los poemas de Chamber Music. Estas y otras indudables muestras de lucidez y lealtad nunca conmovieron a James, un narcisista irredimible, que fue borrando minuciosa e implacablemente todas las alusiones a su hermano y cuanta huella detectable de su presencia hubiera en su obra. Retratos, dedicatorias y otro tipo de menciones originalmente incluidas en los manuscritos de James fueron evaporándose, aun cuando no, por cierto, anécdotas e interesantes observaciones provenientes de Stanislaus que permanecieron rigurosamente anónimas. Sólo los rasgos caricaturescos o desagradables del solicito ángel guardián persisten y se hacen visibles, por ejemplo en el acentuado contraste, en Finnegan"s Wake, entre Shem, el hombre de letras, y Shaun, su hermano, el cartero. Como dijo con brutal incisión Italo Svevo, James dejó a su hermano como un paraguas olvidado. Sin embargo, el prescindible paraguas es responsable de algunas conmovedoras páginas escritas por Joyce inspirándose en el diario de su hermano, que leía inescrupulosamente -aun cuando cabe preguntarse, naturalmente, por qué Stanislaus no tomaba mayores recaudos al respecto. Su frustrado romance con una misteriosa mujer a la que conoce fugazmente en un concierto se refleja en "Un caso lamentable", donde también aparece la siguiente reflexión de Stanislaus: "El amor entre dos hombres es imposible porque no puede haber contacto sexual, y la amistad entre un hombre y una mujer es imposible porque puede haber contacto sexual", acaso una de las más perfectas expresiones de la cultura puritana. Y no es extraño, como ya ha sido observado, que en el carácter de Stephen Dedalus, el protagonista de Ulises, aparezcan rasgos muy propios de Stanislaus: el borramiento de su hermano menor se hizo a veces sólo a costa de su internalización en la mente de James. Distinguiéndose siempre como estudiante, deportista y actor de talento, aparte de ejercer una indudable seducción sobre las mujeres, James dejó atrás constantemente a Stanislaus, que profesó por él una ilimitada admiración: "Su exaltación interior no era presunción, sino la certeza de que pertenecía al grupo de elegidos, los que forjan la conciencia de una raza". Pero sólo la acerada memoria del rencor puede evocar con tan dolorosa e incisiva exactitud las muy numerosas veces -acaso demasiado numerosas- en que Jim fue invitado, felicitado y agasajado, mientras su hermano menor, indudablemente inteligente y original en su propio estilo, era unánimemente soslayado o excluido. Y sólo una muy compleja y dolorosa relación de humillación-admiración puede admitir, como lo hace Stanislaus, los crueles pasajes en que James lo poetiza como una incomprensible bestia polar o como un perro lanzando lúgubres aullidos desde un pantano, o bien compadece a la mujer que podría despertarse a su lado a la mañana. Con todo, hay muy interesantes y reveladoras indicaciones en el diálogo permanente de los hermanos, en particular en lo referente a sus respectivos universos religiosos, sumamente diferentes. Stanislaus deplora la proclividad de su hermano por los escritores místicos, por ejemplo, y señala también, crucialmente: "Se burlaba de la idea de que la ciencia podía desalojar a la filosofía, y consideraba a la ciencia cono una especie de falsa religión, más inhumana y estéril todavía. Dios había sido una realidad viviente para él. "Stanislaus puede ser a veces un crítico sorprendente: "Lo que hace de "Los muertos" un cuento tan fino es el contraste entre el amante y el hombre casado, presentados no como el eterno triángulo, sino compasivamente -ambos habían amado con sinceridad a la misma mujer-, como la actitud antagónica del hombre hacia las mujeres." Y esta cita memorable: "Decía que las prostitutas eran malas conductoras de la emoción y que quería fornicar con un alma." En su libro, Stanislaus procura apaciguar la ambivalencia de amor y odio que innegablemente siente por su hermano mayor. El resultado de esta represión es una prosa en ocasiones fría y contenida, donde lo que restalla es su autorretrato justiciero: en contraste con las propensiones promiscuas y alcohólicas de su hermano, Stanislaus es el testigo sobrio y modesto, noble y probo, que aguanta incesantes exclusiones y humillaciones en pro de la mayor gloria de James, el único verdadero héroe de la familia Joyce. Pero James es el único que se atreve a saltar sobre el nudo feroz de la pelea física entre su padre y su madre para desenlazarlos; el que llega a un pacto de convivencia y supervivencia con el padre borracho e injusto, que sin duda lo prefiere; el que se atreve a desafiar los poderes clericales y universitarios que lo rodean asfixiándolo, y parte para siempre a la aventura con sus memorables armas: "Silencio, astucia y exilio." Stanislaus queda atrás, mascullando interesantes herejías: conocerá el silencio y el exilio, pero ni la astucia ni la capacidad de ruptura y resurrección serán nunca su fuerte. Sin embargo, en el relato de los episodios de muerte y de violencia en la vida familiar, así como en su penetrante descripción de la catastrófica relación entre James y su madre, y las consecuencias de la misma en la visión del mundo y la obra de su hermano, se percibe la veta frustrada de quien pudo ser un novelista profundo por derecho propio. No cabe ninguna duda acerca de la responsabilidad del padre en el vínculo de amor y odio entre los hermanos: "Mi padre me llamaba el chacal de mi hermano, y cuando se cansaba de repetir esto me explicaba científicamente que yo no tenía luz propia, sino que brillaba con la ajena, como la luna". Stanislaus tituló su libro El guardián de mi hermano, en referencia a la respuesta de Caín, cuando Dios lo interroga sobre la muerte de su hermano Abel: "¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?" La traducción, fluida sintácticamente, pero aquejada de imperdonables errores que atentan a veces contra la inteligibilidad del texto, ha omitido este interesante título, presuponiendo acaso la escasez de conocimientos bíblicos de los lectores hispanohablantes. La intención es sin duda irónica: en la perspectiva de Stanislaus, Abel-Stanislaus es el guardián fiel y abnegado que se sacrifica por Caín-James, el hermano mayor. Pero la lectura de este patético testimonio nos reenvía más bien a otro texto bíblico: Stanislaus es quizá la figura del hermano que no soporta los excesos y derroches del Hijo Pródigo, y aún menos el banquete triunfal con que éste es finalmente perdonado, recibido y consagrado como aquél por cuyo regreso hay mayor alegría en las puertas del cielo. Un azar misericordioso o una providencia feroz, no exenta de humor, unió hasta el final a esta pareja estremecedora. Stanislaus murió el 16 de junio de 1955, Bloomsday, día en que se celebra la gloria del autor de Ulises, una obra que había despertado primero sus reservas y sólo luego su admiración. Pero en 1941, James había dedicado las últimas líneas escritas antes de su muerte a Stanislaus: una esquela-salvoconducto con nombres de amigos protectores que podrían ayudarlo en su difícil situación de extranjero y rebelde antifascista en Florencia. El único hijo de Stanislaus se llamó, no por azar, James. No es difícil imaginar a quién se refiere Stanislaus cuando dice, en las últimas páginas de su libro: "Me asombra que la gente no se dé cuenta de cuánto más elevado que el amor divino, tema del predicador, es esa pasión humana capaz de amar a quien no lo merece, sin ser correspondido."