Este libro contiene profundos análisis que mujeres hacen sobre mujeres fuera de serie. Las creadoras aquí juzgadas pueden ser, para el lector, más o menos simpáticas, pero todas merecen ser pensadas. La queja de Yourcenar respecto de la religión, y que María Regnasco rescata, está plenamente justificada: “Lamenta que esa belleza, ese esplendor de lo sacro, se vaya perdiendo en las religiones del presente, en que la guitarra eléctrica invade los templos y le lenguaje cotidiano reemplaza a las palabras ancestrales, cargadas de un mantra, de un voltaje considerable, que permiten al ser humano participar de lo insondable.” Pero también deplora que, por culpa del “cristianismo y de la psicología”, se abandonde el sentido, también sacro, de la sensualidad. Se menciona a la esposa hindú quien, para ser digna del tálamo, sabe que primero debe transformarse en diosa. “Para Yourcenar, todo lo que no es una vía de acceso a la unidad de la trama de lo viviente, en otras palabras, una vía de acceso a lo sagrado, termina mal”. Las violaciones son el vaso comunicante de “una sociedad que no ha podido resolver el problema de la sexualidad”. Para hablar de Hannah Arendt necesitaríamos toda la nota. Explica Marta López Gil que, según Arendt, el mal es banal, es decir: participa de cierta frivolidad. El nazismo no representa a Satanás armado con una espada sino que, como los hongos, se expandió tanto por ser superficial. El propio Eichmann, si no hemos entendido mal, por su contenido “humano”, se alejaría de lo demoníaco. Genocida, sí, pero no monstruo (esta palabra significa “único en su especie”). Habría mucho que decir sobre esta polémica cuestión. El ensayito sobre Virginia Woolf es inspirador: hacer de la vida una obra de arte (aunque imperfectísima) nos permite hacer obra. La obra depende de nuestra vida y no a la inversa. Nos hemos quedado sin espacio (pero no sin ganas) para hablar de la inquietante Lina Wertmüller, de Cindy Sherman, de la mística y filósofa Simone Weil y de tantas otras.