Todas las páginas de esta novela, las buenas y las malas, son una lección de estilo: con una elegancia sublime Minae Mizumura escribe en Una novela real una manera inteligente y creativa de superponer tradiciones en conflicto y dar a luz a una bestia perfecta, un monstruoso artefacto visionario que resuelve las tensiones entre ficción y realidad exasperando los límites entre ambas. Minae Mizumura es el resultado incómodo de una moda: desde hace unos años Japón ha sido utilizado como una metáfora de una literatura posible, sentimental pero también filosófica y extraña, al resguardo de los lugares comunes de la tradición occidental y con la frescura de un sistema de ideas exótico. Leer a escritores japoneses parece una obligación de época y en un sentido claro es una especie de rareza que define a una generación de lectores. Una novela real es el punto culminante de esa marea japonesa, una de las mejores y más originales novelas de la década, y es al mismo tiempo una bomba de tiempo capaz de destruir el propio fenómeno que le permitió ser traducida al español. Es una novela tan bien escrita que en la comparación con sus compatriotas contemporáneos, éstos últimos llevan todas, todas las de perder. Minae Mizumura es incluso más vanguardista que Haruki Murakami, y su vanguardismo parece más sólido, reforzado por una contundente asimilación intelectual y estilística de todo lo que hace fuerte a los géneros clásicos: Una novela real es una novela revolucionaria que tiene todo lo que una buena novela clásica debe tener, e incorpora las tensiones posmodernas capaces de cuestionar a ese mismo clasicismo e un juego de perversiones seductor y exquisito. En el preámbulo de una historia de amor signada por la tragedia de clases, una escritora de nombre Minae Mizumura y cuya historia familiar parece coincidir exactamente con la de la autora del libro, conoce a un extraño personaje, misterioso, atractivo, un potencial símbolo de la occidentalización del Japón o de la orientalización de Estados Unidos, y siente hacia él la atracción que despiertan las personas cuyos destinos no pueden dejar de ser el destino de una identidad colectiva. Luego le pierde el rastro, pero muchos años después y mientras no logra resolver la escritura de una novela, recibe la visita de un joven que le cuenta una historia. El protagonista de esa anécdota vital es aquel personaje misterioso, y la escritora decide escribir el recorrido trágico que ese hombre ha hecho desde la miseria, la orfandad y las imposibilidad de un amor, hacia la fortuna, el poder y la consagración de esa imposibilidad. Mizumura –el personaje, pero también la escritora real– descubre en el destino de su protagonista la emergencia de un punto de vista original para narrar la desventura histórica de su patria, las transformaciones y contradicciones sociales de un Japón que no abandona, a pesar de su crecimiento económico desmesurado, el peligro de la ridiculez, y esa especie de oportunidad histórica de una épica particular que supone la occidentalización del mundo. La de Minae Mizumura es una novela que toma distancia, que respetuosa y delicadamente se repliega en la tradición de la novela de amor inglesa para hacerla estallar en un océano de posibilidades. Lo que parecía estancado y oxidado, aparece ahora iluminado y fortalecido por una literatura que al mismo tiempo no deja de ser novedosa y audaz. Una historia de amor, una tragedia de clases y una superposición de niveles entre realidad y ficción: con nada nuevo, Mizumura demuestra que la novedad no depende de la revolución de las formas o los contenidos, sino de la capacidad de escribir páginas que, buenas o malas, sean siempre una lección de estilo.