Buenos Aires ofrece sorpresas maravillosas. Un sello editorial en ascenso trae desde el remoto Oriente una novela cautivante, de esas que mantienen encendida la llama de la gran literatura universal. Fue impresa en 2002 y es una recreación del drama de Cumbres Borrascosas en el Japón de posguerra. Ofrece pasajes, como el reencuentro de los enamorados después de quince años de distancia, que estremecen el alma hasta la fibra más profunda. Minae Mizumura nació en Tokio y se mudó de niña a Nueva York. Estudió literatura francesa en Yale, volvió a Japón y se dedicó a escribir. Publicó dos novelas hasta que tropezó con una historia de amor desesperado que no podía morir en el olvido. Fue una epifanía. Lo relata en las primeras ciento veinte páginas de un libro conmovedor.­ El protagonista se llama Taro Azuma. No es un hombre común y corriente. Llegó a Long Island sin un centavo e hizo realidad el sueño americano. Se convirtió en un magnate de los fondos de inversión y la industria médica. Pero la verdadera felicidad no besó nunca sus labios. Jamás se casó. Vivía prisionero de una sombra del pasado. Mizumura narra en detalle su desdicha mediante la voz de una criada, Fumiko. Como en las grandes novelas clásicas, los destinos individuales se confunden con el devenir de una gran nación que salta de la miseria y la humillación más abyecta a la prosperidad, aunque sin desprenderse de cierta banalidad. ¿Cuál fue el pecado de Taro? Ser hijo de un bandido chino, ser muy pobre y encapricharse desde la adolescencia con Yoko, una chica de una casta superior. La familia, el miedo, los malentendidos los sumen en la desolación. Pero el amor es más fuerte que el prejuicio y la muerte... Bueno, no siempre. La vida es absurda, confirmamos con un nudo en la garganta.