Una delicia oriental conquistó a los lectores de la Reina del Plata. Minae Mizumura, una de las escritoras más relevantes de Japón, engalanó una de las jornadas del Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires, Filba. La autora de "Una novela real" –ese ladrillo maravilloso de más de 600 páginas que tradujo Mónica Kogiso y publicó Adriana Hidalgo– derrochó una exquisita amabilidad combinada con una ironía dosificada, que se disparó hasta las nubes cuando se despachó contra el fenómeno de su colega Haruki Murakami, durante el diálogo con la periodista y escritora Gabriela Cabezón Cámara en el auditorio del Malba. “No me di cuenta de que volví a Japón porque me gusta usar kimono”, confesó una risueña Mizumura, nacida en Tokio, con adolescencia y primera juventud en Estados Unidos, en Nueva York, donde estudió literatura francesa, y un regreso anhelado a su país natal. “La profesión de escritor y la vocación son cosas diferentes. Lo tengo presente a diario”, se lee al comienzo de "Una novela real". En esta puerta de acceso a una ficción que recrea el clásico "Cumbres borrascosas", de Emily Brontë, en el marco de la comunidad japonesa de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial y las décadas siguientes, la voz de una escritora japonesa, con vida académica en Stanford, relata la llegada de un “enviado del cielo” que le suministró la materia prima de la novela que escribiría. Esto es, el drama de Taro Azuma, un japonés que ella conoció cuando él irrumpió en Long Island sin un centavo y, sin embargo, pudo realizar el sueño americano. Un ascenso social vertiginoso lo catapultó a la cima cuando se convirtió en un magnate de fondos de inversión y la industria médica, pero Azuma se esfumó repentinamente. Será la voz de una criada, Fumiko, la que desmenuzará el enigmático pasado de ese magnate, que carga sobre sus espaldas haber sido hijo de un bandido chino muy pobre y haberse enamorado de Yoko, una chica de una casta superior. Ese comienzo que se asemeja a una declaración de principios sobre la profesión del escritor, confirmó Mizumura, es “pura ficción”, un efecto deliberadamente orquestado de la narración. “Quería darle ese aire trascendental –admitió la escritora–. Brontë se murió sin saber que iba a ser un clásico; yo sé que no puedo poner mi novela al nivel de Brontë, pero es como una alegoría.” A propósito de su vocación, la escritora japonesa repasó ese proceso de “iluminación”. De niña, su familia la educó para ser “buena ama de casa, buena esposa”, con muchos libros a su disposición. En los ’50 y los ’60, en Japón se leían los clásicos occidentales. “Fui a una escuela pública; todas las niñas conocíamos Cumbres borrascosas. Japón era un país muy literario. Mi familia leía mucho, mis padres eran lectores ávidos”, recordó. Cuando tenía 12 años, el clan familiar rumbeó hacia Nueva York. “Mi habilidad se solidificó a los 12 años y me costó cambiar de idioma. El japonés es muy distinto a otros idiomas y me costó comenzar a leer en inglés porque me daban lecturas muy tontas.” Aunque estudió literatura francesa en Yale, recién cuando regresó a Tokio y rompió con la vida académica pudo escribir. “Si voy a hacer novelas, no lo haré sobre mi experiencia en Estados Unidos. No debería ser el punto de partida el hecho de que tengas una vida diferente a los otros. Yo quería hacer ficción. Si uno quiere ser escritor no tiene que explotar el pasado de esa manera”, subrayó al comentar que rechazó la propuesta de una editorial japonesa. Esa mujer madura pero con espíritu rebelde escribió su primera novela, Luz y sombra. Continuación, aún no traducida al español. Se plantó y de-safió al establishment literario al retomar la obra inconclusa de Natsume Sôseki (1867-1916), uno de los autores que mejor condensó la inestabilidad que provocó en la sociedad japonesa la apertura hacia Occidente, considerado durante mucho tiempo el más grande novelista del Japón moderno. “Es como Pushkin para los rusos o Dante para los italianos”, comparó Mizumura. “Todos hablaban del final de esa novela, pero nadie lo escribía. Como yo no tenía ni siquiera un nombre, entonces dije: ‘Voy a hacerlo’. ¿Qué iban a decir los demás de mí?” A esta altura del partido, el auditorio del Malba estaba subyugado con el tono y los mohines de Mizumura. Recién pudo capitalizar parte de ese pasado norteamericano en Una historia real, su tercera novela. “La niñez de la protagonista es mi niñez, pero la parte central es ficción –explicó–. En Japón tenemos una tradición literaria que rechaza la ficción, la literatura pura, seria. Para convencer al lector japonés de que no era ficción, aunque lo fuera, necesitaba un efecto de realidad. A los japoneses les gusta pensar que lo que leen tiene un fundamento en la experiencia del autor.” Cabezón Cámara destacó la importancia de la mujer soltera en la única novela traducida al español de la narradora japonesa. “Siempre es más interesante tener como heroína a una mujer soltera; una mujer casada está protegida y es más aburrida. Las personas sin contención tienen una forma más profunda de llegar a las emociones.” La sociedad jerárquica japonesa retratada con sus miserias y humillaciones en parte de la novela, según Mizumura, se transformó. “Hay ricos y pobres, claro, pero no tanto como en otros países. Japón se parece más a un país escandinavo. Hubo un período de auge en que los granjeros y pequeños productores pasaron a ser ricos, pero no tenían cultura. Hoy una se puede casar con cualquiera; no es correcto pensar que la sociedad japonesa es jerárquica.” Nelly, la criada de Cumbres borrascosas, tiene su contrapartida en Fumiko, un personaje “oscuro”, “problemático”, una mujer que siente “culpa”. Cabezón Cámara comentó el rol de los sirvientes en Edipo: “Son los que cuentan la verdad”. Mizumura agregó una nota al pie de esa reflexión. “Cuanto más descendemos, vemos cosas que otros no ven; es una lección para todos nosotros. Pero es difícil alcanzar la sabiduría si no se es una privilegiada.” La propia autora definió Una novela real como una “historia de amor frívolo”. Pero aclaró que no se animaría a decir que todas las historias de amor son frívolas. “Cuando escribía la novela, justo estaba leyendo a Primo Levi y pensaba que tiene que haber una comprensión de la tragedia humana. Siempre intenté tener en mente una perspectiva trágica, de modo que no se me viera frívola al escribir.” Mizumura enfatizó su elección del japonés como idioma literario, aunque hable inglés y francés. “Si usamos un solo idioma nos vamos a empobrecer a nivel mundial. La escritura nos hace seres humanos; uno puede mirar al mundo a través del idioma, pero un solo idioma te da una perspectiva limitada. Cuantos más idiomas manejemos, más ricos seremos.” Mizumura, tan cálida y simpática, lanzó su ácida munición contra el fenómeno de Haruki Murakami. “No tengo nada personal, él siempre ha hablado muy bien de mis libros, aunque una no puede elegir a sus lectores –ironizó–. Murakami no es tan interesante en japonés; debe tener buenos traductores y editores.”