Risueña y cálida, dice ser la más latina de los japoneses. Minae Mizumura pasó por Buenos Aires invitada a participar en la tercera edición del festival Filba. Pero, en medio de una agenda cargada de compromisos, consiguió hacerse el tiempo para hablar de la bellísima Una novela real, en la que transporta Cumbres borrascosas a la Tokio de la posguerra. En esta entrevista revela las dificultades que debió superar para conseguir que la historia resultara verosímil al público japonés al tiempo que no perdiera fidelidad con la novela de Emily Brontë. —¿Cómo surge la idea de una reversión de Cumbres Borrascosas en la Tokio de las posguerra? —Cuando tenía alrededor de diez años leí a Emily Brontë en una versión para adolescentes. Leí Jane Eire y Cumbres borrascosas y, a decir verdad, no entendí Cumbres borrascosas. Pero a los veintitrés la leí en inglés y quedé sorprendida por lo buena que era. Me sigue gustando Jane Eire, pero hay algo único en Cumbres borrascosas que hizo que permaneciera en mi durante años y años. Cada tanto regreso a la novela buscando aquello que provoca que me involucre tanto. Creo que no hay libro en japonés que me haya conmovido tanto como Cumbres borrascosas: una vez que lo empezás no podés dejarlo, quedás atrapado en otro mundo. Nunca quise escribir una historia de amor, pensaba que era algo ya muy trabajado, demasiado cliché, demasiado estúpido. Pero si llegaba a escribirla, quería que fuera algo como Emily Brontë. —Sin embargo, no es una mera traslación de lo inglés en lo japonés. —¡Es muy diferente! El libro de Brontë es bastante largo, pero mi libro es incluso más extenso. Quería que mi novela tuviera elementos de Yunichiro Tanizaki: busqué combinar el romance de Emily Brontë con el realismo de Tanizaki. Entonces incluí la mayor cantidad posible de nombres y referencias. Cientos y cientos. No soy una gran investigadora, pero hice lo mejor que pude sobre cómo eran las estructuras sociales, dónde trabajan, qué tipo de vida llevaban. Quería que los lectores pudieran reconocer los lugares en donde crecieron. —Al tiempo que se narra la historia de Taro Azuma, también se narra tu historia —la historia de la narradora, que uno considera casi como una biografía—. ¿Qué te llevo a escribirla? —Al principio no había pensado partir desde una introducción autobiográfica. Quería comenzar con el segundo narrador, pero la ficción no funciona del todo en la literatura japonesa, es necesario partir de la realidad. Por ejemplo, se hizo un estudio con alumnos alemanes y japoneses: cada grupo analizó un texto breve y el 80% de los alemanes lo consideró ficción mientras que el 80% de los japoneses lo tomó como un texto autobiográfico. Tenemos una tradición diferente y consideramos que la novela autobiográfica es la novela auténtica, mientras que la ficción es ficción. Esa es la razón por la que hay tantas novelas fantásticas. Yo quería que los japoneses creyeran que la historia había sucedido realmente, por lo que encuadré la ficción en una especie de marco autobiográfico. Funcionó: hubo gente que se enojó al enterarse que Azuma no existía. —Al comienzo del libro contás que con esta historia descubriste que habías nacido para escribir. ¿Qué pasó entre los dos primeros libros y este? —Disfruté escribir mi primera novela, que es la continuación de la novela de otra persona. Fue un ejercicio lingüístico muy interesante, pero, en retrospectiva, me doy cuenta que no me entregué completamente. Creo que quería demostrar que, aún habiendo crecido en los Estados Unidos, podía escribir mejor que un japonés universitario promedio. Había algo inauténtico en eso. Mi segundo libro es, básicamente, un trabajo sobre los idiomas inglés y japonés. Y aunque en esta tercera novela yo sólo aparezco en la periferia, en todo lo que escribí —mi pasado, mi niñez, mis regresos a los Estados Unidos— me entregué en cuerpo y alma. Creo que es lo mejor que pude escribir. —¿Todavía estás en busca de una voz? —Yo nací escritora. Nunca tuve que buscar mi voz: apareció naturalmente. No escribí en japonés hasta casi al final de mis treinta y nunca tuve problemas para escribir, por lo que creo que nací escritora. En esta novela hay tres voces y cada una de ellas es mi propia voz. Incluso mientras experimento con diferentes estilos considero que uso mi voz. No sé si pueda explicarlo, pero nunca me sentí incómoda con las voces que escribo. —Me sorprendí al terminar la primera parte. Dije “empieza otra novela”. Y luego hay una tercera parte: una tercera novela. —Sí —se ríe—. ¡Leíste tres novelas! —¿Supuso una dificultad fundir todo este universo en un único libro? —La mayor dificultad fue cómo comenzar la segunda parte, cómo hacerla realista. Esa dificultad fue lo interesante. Una vez que lo superé, el resto fue sencillo. Además, Cumbres borrascosas comienza con Lockwood y luego pasa a Nelly. De alguna manera es una novela con otra novela… Yo simplemente le agregué una capa extra. —Alguna vez comentaste la dificultad de convertir a Heathcliff en Azuma: el problema de decir “te amo”. —Los japoneses no hablan con las mujeres, hay muy poca conversación entre ellos. Actualmente la sociedad japonesa está atravesando muchos cambios, pero antes de la guerra, por ejemplo, estaba prohibido tomarse de la mano. Supongo que no era una prohibición legal, pero si lo hacías, la policía podía detenerte por indecente. En la época de Azuma no era común que un hombre hablara con mujeres. A los chicos varones que jugaban con nenas los trataban de maricones. Para que fuera verosímil no podía hacer que él hablara mucho con ella. Además, no podés decir “te amo” en japonés, no existe: se dice “me gustás”. No es una sociedad de parejas. Los hombres se relacionan con hombres y las mujeres con mujeres. Eso es algo muy evidente en los restaurantes: en un restaurante elegante vas a encontrar parejas, pero en un restaurante normal, vas a encontrar grupos de hombres y grupos de mujeres. Otro problema al que me enfrenté es que Emily Brontë utiliza muchas referencias y metáforas cristianas, como cielo, Dios, diablo. Por ejemplo: “prefiero arder con él en el infierno…”. No podía utilizarlas, pero las metáforas cristianas son muy importantes para el discurso romántico y al evitarlas se dificulta la creación de esas situaciones. —Debo reconocer que para mí fue una desilusión que Azuma no existiera. —Bueno, hay una persona que tiene similitudes, que trabajó en la empresa de mi padre, que estudió sólo hasta el secundario, que se esforzó muchísimo para aprender el inglés y que luego de dejar la empresa de mi padre fundó su propia compañía y se convirtió en el japonés más rico de los Estados Unidos. Hasta que un chino hizo algo con las computadoras, él fue el oriental más rico de los Estados Unidos. Es decir que existe en cierta forma, pero ahora él publicó un libro diciendo que es el héroe de mi novela. ¡Lo odio! —Se ríe—. —Azuma comienza como chofer y termina siendo el japonés más rico de los Estados Unidos. ¿La movilidad social es algo frecuente en Japón? —Tal vez en la sociedad japonesa de la posguerra, pero no en el tiempo en que Azuma trabajaba para mi padre. Era un tiempo de rigidez social en la que ir a una buena universidad te aseguraba un buen trabajo por el resto de tu vida y luego una buena jubilación. En ese tiempo, esa clase de ascensos no sucedían, a menos que te fueras a Estados Unidos. —¿En la charla en Filba usaste un kimono? —El saco de un kimono. Es algo complicado: mis dos abuelos vestían geishas, con lo que las mujeres de mi familia acostumbraban a usar kimono. Yo crecí usando kimonos. Me encantan, pero como requieren de tantas capas, casi se necesita una valija para cada kimono, así que decidí que me vería bien con el saco. Las japonesas no lo harían, pero yo soy una japonesa heterodoxa.