La escritora japonesa Minae Mizumura, invitada al Festival Internacional de Literatura (Filba), calcula cada palabra con un gesto exacto, casi como los de muchos de los protagonistas de "Una novela real", festejada como una obra maestra y un prodigio de traducción. El libro, de más de 600 páginas, es una apuesta de la casa Adriana Hidalgo, que se animó a invertir sus esfuerzos en una narradora que había decidido, después de vivir buena parte de su vida en Occidente, volver a su país, porque considera que el lugar de recepción "natural" de su obra es el Japón contemporáneo. "En Japón", cuenta Mizimura, "la categoría `novela real` corresponde a una estructura narrativa clásica, europea, del siglo XIX. Por eso, creo, funcionó tan bien", agrega en diálogo con Télam. La escritora nació en Tokio, "hace más de 50 años", al interior de una familia conservadora. Fue criada por una abuela que supo ser geisha, y emigró con su familia a los Estados Unidos con 12 años, donde trabajaba su padre. Mizimura habla perfectamente inglés, pero en un principio se resistió a aprenderlo, y sus primeros estudios fueron de literatura y arte francés, en Yale. Entonces nació su pasión por las obras del romanticismo tardío, que caracterizan sus piezas. "Volví al Japón. Estaba decidida a convertirme en escritora. Quería escribir para mis compatriotas. No quería abandonar mi lengua. Es una lengua insular. Aunque en mi país vive mucha gente, pocos están acostumbrados a la literatura de largo aliento, con rasgos de sensibilidad, emotiva, como esta novela", dice la escritora. Sorprendida, todavía, no sólo por el interés que suscitó su presencia sino las ventas de "Una novela real", reeditada ahora en ocasión del Filba. Y sorprendida de haber recibido la oferta de traducción al castellano. "Es cierto que la estructura de la novela es la de un clásico del siglo XIX europeo. Pero ese formato, desconocido en mi país, es el que más me interesa. Jane Austen, las hermanas Bronté, no sólo influyeron a mi obra", confiesa Mizumura. La materia de la que está hecha "Una novela..." son los cambios que atravesaron el Japón de la posguerra, en clave decimonónica, se diferencia claramente del mundo que comparte con Yukio Mishima, Yasunari Kawabata y Junichiro Tanizaki. Mizumura, sin embargo, se desmarca rápidamente de algunos escritores de su país que conocen gran éxito en Occidente. "No, no me interesa la literatura de ninguno de los Murakami. Por ese lado, Japón pierde la singularidad", argumenta. "Ellos tratan de que su escritura sea cosmopolita, y ser comprendidos en cualquier lugar del mundo. Nacieron en una cultura japonesa, pero no les interesa mostrarla. Es lo contrario de lo mío". "Pasa lo mismo con el cine: Ozu, Kurosawa, Mizoguchi, eran cineastas que podían adaptar a Shakespeare, pero siempre eran japoneses. Ahora, los videastas podrían filmar en Tokio o en cualquier otro lado. No hay diferencias. Es un mundo homogéneo, sin matices", se queja la escritora. Finalmente, un recuerdo para el teórico francés Roland Barthes, que escribió, sobre Japón, un libro extraordinario, "El imperio de los signos". "Al contrario que (Jacques) Lacan, Barthes entendió perfectamente cuáles eran los tiempos, las costumbres, los gustos japoneses. y creo que escribió uno de los mejores tratados sobre mi país salido de la pluma de un occidental", concluyó Mizimura.