En esta ocasión, el problema retomado por Agamben es el estilo de vida, esa háiresis que Pierre Hadot supo detectar en Diógenes, Zenón o Epicuro. El tema del libro de Agamben es monástico. Pero su asunto desborda los muros conventuales. Encara la paradoja de un impulso individual (anacorético, solitario) que lleva a dejarlo todo para transitar los caminos de la libertad; pero que, al hacerlo, topa con la forma regulada, institucional (cenobítica, comunitaria), en que se traduce lo que el sujeto imaginaba elegir de forma soberana. Agamben trata en detalle este oxímoron, consistente en armonizar regla y vida, reconociendo el tropezón (previsible) de una ecuación que con frecuencia se acaba redefiniendo en términos de regla o vida. El autor reconoce la limitación característica del modo occidental para tratar sobre formas de vida: borda un discurso sobre el estilo de vivir y estudia el “campo de tensiones históricas y hermenéuticas” requerido para “repensar” tanto la libertad del vuelo espiritual como la pauta institucional. Pero esta acaba fagocitando a aquella de forma inevitable: lo demuestran los hechos, que Agamben va repasando hasta el siglo XIII. Agamben deja abierta la resolución final de la relación entre ambos polos. El tercer término que propone sería litúrgico: “transformar la vida en una liturgia” o, a la inversa, “transformar la liturgia en vida”. Pero lo cierto es que la historia de las religiones repite con tozudez un dato: la institución siempre atrasa respecto de la experiencia que le dio vida. Y cuando se le escapa gente cuya existencia no le gusta reconocer (anacoretas, sarabaítas, giróvagos), la institución los maniata, los extorsiona o los eyecta a las tinieblas exteriores. Vigilar y castigar: ha sido un final anunciado de la pulseada entre reglas monásticas y formas de vida. Agamben lo reconoce: Occidente todavía no sabe pensar teorías de la práctica. Insiste en concebir ambos términos como antagonistas y, claro, en la lucha final la materia aplasta al espíritu: el monaquismo “en su absoluta intransigencia tal vez nunca fue igualado por ninguna institución moderna, ni siquiera por la fábrica taylorista”. Es de agradecer que la bibliografía de este libro se asiente en la raíz latina, en cuanto a lengua y en cuanto a radicación de la sociabilidad cenobítica. Sin embargo, la sólida y minuciosa encuesta de Agamben merecería completarse con otras que no aborda: los díscolos Padres del Desierto de Siria, los iluminados judaizantes españoles o la mística renana. Su encuesta se volvería menos occicéntrica, más universal, ya que es por allí por donde resulta fácil entroncar con lo vivo del pensar de Oriente, vale decir con el japonés Dôgen. El libro no plantea su asunto como impossibilia. Agamben percibe, en cambio, que lo propio de la experiencia espiritual es abrir un tercer término, siempre potencial, una lógica más allá de la lógica. Ahora bien: dar cuenta de ello le requeriría desplazar su foco de atención de una idea de práctica a la práctica a secas. Si en el bar donde voy a tomar un café me ocurriera encontrarme con Heidegger, tal vez le dijera con el mayor respeto: “Herr Professor: usted lo dijo todo sobre Sprung (el salto). Ahora, ¡salte!”. ¿Será lo que Agamben está pensando?