Borges, el traductor
Por Marisa Avigliano
Revista Debate
Cultura
Buenos Aires
02-09-2005
| En el libro “Borges y la traducción”, editado por Adriana Hidalgo, Sergio Waisman intenta rastrear la importancia que esa disciplina tuvo en la obra del gran escritor argentino. El investigador advierte que, para Borges, significaba una manera de leer y pensar la literatura. |
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Sergio Waisman, profesor de Literatura Latinoamericana en la George Washington University y traductor al inglés de los escritores argentinos Juana Manuela Gorriti y Ricardo Piglia (a quien le dedica el epílogo de este libro: “Leer Argentina, traducir a Piglia”) y del boliviano Nataniel Aguirre, revisa y husmea gustos borgeanos, específicamente sobre cómo le gustan a Borges las traducciones.
Las cartas están echadas y esta vez la lectura nos llevará a través de una prolija y aplicada senda. Con mayor o menor énfasis, desde la tan tutelar “Extraterritorial” de George Steiner, las tesis sobre Borges traductor, Borges traidor, dan siempre el mismo tema en la misma primitiva versión. Con más palabras. Con elencos cada vez más apasionados, menos convincentes. Tal vez lo los higiénicos gabinetes de las universidades estadounidenses protejan estos anacronismos. Tal vez el sistema de la moda guste repetir hasta la extenuación modelos que desde hace veinte años garantizan una moderada prestancia. Los “descentramientos”, “los ataques desde la periferia”; quizás, en la conformidad graciosa de estas generalizaciones se pierda casi todo Borges.
La traducción está en la acuñación que Borges se propone hacer después de la invención de El idioma de los argentinos, quizás por eso a algunos lectores les cueste disfrutar de la primera poesía de Borges, magnífica, aunque su peso retórico exceda la gravedad terrestre.
Esa acuñación es fácil de detectar en el cuento “El acercamiento a Almotásim”, que Borges escribe en estado de reseña y que lanza a una considerable cantidad de cándidos lectores entusiastas a encargar el libro de Mir Bahadur. Es la primera prueba. Prueba cipaya. El inexistente Mir Bahadur es Gunga Din sin corneta, disfónico: un indio musulmán que sí sabe inglés: “Una chusma de perros color de luna (a lean and evil mob of mooncoloured hounds) emerge de los rosales negros”.
El otro salto estratégico después del intento de suicidio, de la muerte del padre, el accidente y la septicemia, es Pierre Menard, traductor de épocas, de contextos, fábula ejemplar y perfecta de la imposibilidad (y la posibilidad) de traducir, réquiem inquieto de la literalidad. La única manera de escribir es ser un traductor. La forma es la traducción porque la literatura-y sobre todo la literatura argentina-es inverosímil. La forma es la irrealidad porque Evaristo Carriego es el primer personaje de ficción para cualquier lector extranjero (para cualquier lector argentino, hoy, seguro).
Ese Borges antropológico, genealógico y enfervorizado, que tiene que darle la espalda a Europa y a “la lengua española” procede como un traductor que no sabe qué en qué lengua escribe.
Exclusión
El libro de Waisman parte de la Argentina y la traducción y avanza en la teoría de Borges sobre la traducción, argumentando que “aunque en los últimos años ha habido un considerable aumento de los escritos críticos sobre la traducción, las antologías que reúnen ensayos sobre el tema tienden a excluir a Borges y el análisis de sus aportes sigue siendo sorprendentemente limitado (...) hasta hoy no se ha estudiado lo suficiente la importancia que la traducción tuvo para Borges en sus implicaciones críticas y teóricas más amplias.”
A lo largo de las páginas reposarán indiscutidas las referencias a “Las dos maneras de traducir”, “las versiones homéricas”, “Los traductores de ‘Las 1001 noches’” y la polémica Newman-Arnold. Además Waisman señala que estas teorías coinciden con el tratamiento de sus técnicas narrativas en “Historia universal de la infamia”, “Ficciones” y “El aleph”.
En 1926, cuando Borges publicó en “La Prensa” “Las dos maneras de traducir”, puso el foco sobre la traducibilidad de la poesía: “Suele presuponerse que cualquier texto original es incorregible de puro bueno, y que los traductores son unos chapuceros irreparables, padres del frangollo y la mentira. Se les infiere la sentencia italiana de traduttore tradittore y ese chiste basta para condenarlos. (...) En cuanto a mí, creo en las buenas traducciones de obras literarias (de las didácticas o especulativas, no hablemos) y opino que hasta los versos son traducibles.”
Waisman no tardará en citar a Norman Jakobson: “Por definición, la poesía es intraducible”, y su justificación teórica, gobernada por la “paronomasia” (relación entre unidades fonémicas y semánticas) , y se preguntará si es posible distinguir tan claramente la dificultad de traducir poesía de la de traducir otros géneros. De esta manera su la poesía es la piedra de toque, y Borges la juzga traducible, no hay en la traducción fracaso inherente, al contrario.
Borges había anunciado una heterodoxia del traductor, un traductor atento a la literalidad pero también abierto a la insinuación, imantación propia de la lengua a la que se traduce. De este modo procede él cuando traduce a William Faulkner o a Virginia Wolf. Menciona las traducciones que Michel Leiris hizo de John Hopkins, por ejemplo; o Chateaubriand de Milton, pero señala que corren el riesgo prolijo de “traducir el espíritu”...bien, habría entonces que recurrir a traductores como Nabókov que no corren ese riesgo. La literalidad monstruosa que invoca el escritor ruso es otro de sus perfectos ogros. Se propone robar el tesoro de la lengua rusa y para eso planea todo, muestra todos los instrumentos: las llaves, ganzúas, tenazas, pinzas y hasta los recursos legales de apropiación, pero el robo no se produce.
El “Oneguin” es la puesta en escena de una operación que sólo las notas cumplen a medias. Y el propósito se ha desviado: ya no se trata de robarle a la lengua rusa su mejor poema, sino todo el siglo diecinueve. Pero volvamos a Borges. Patricia Willson escribió: “Nadie traduce como Borges. El sintagma señala una diferencia y no necesariamente una superioridad. Es que siendo como fue el héroe de proezas difícilmente repetibles en el campo de la teoría y la práctica de la traducción, Borges quedó elevado (y circunscripto) a mito de origen de la profesión en la Argentina: a los nueve años tradujo a Oscar Wilde (a los fines del mito, poco importa la veracidad del dato)”. ¿Pasaría una traducción hecha por Borges una prueba editorial? ¿Aceptarían su desdén por la corrección, la fidelidad reverencial, la vocación de neutralidad y la transparencia?
Concluye Waisman: “Borges propone que consideremos todas las traducciones y todos los actos de escritura como frutos de una misteriosa colaboración entre versiones múltiples, siempre disponibles para lecturas y contextos nuevos. El misterio de la colaboración crece cuando comprendemos que todo acto de escritura es un acto de traducción, ya lo atribuyamos a un ‘azar benéfico’, a una milagrosa suma de elementos disímiles o a una conjunción sintáctica de infidelidades creadoras”. De todos modos, que Dios nos salve de las ‘malas traducciones’ como recitaba aquella nota pegada en la tapa de un libro de Edmund Wilson: “Aterradora edición, el traductor es voluptuosamente ignorante”.
Una vez más se trata de ir sobre los pasos del escritor que elegimos ese día, como cuando Borges se alojaba en el Browns, porque había sido el hotel preferido por Stevenson cada vez que visitaba Londres. El Borges caudaloso de los primeros años, que colecciona un diccionario de asombros sintácticos y gramaticales, el genial escritor intermedio-el de “Pierre Menard”, el de “Discusión”, el de “Historia de la eternidad”-, el sobrio sabio legendario de los últimos años, cada uno de ellos, o los tres reunidos en parodia teológica de la trinidad, admitirían con beatitud la condición inofensiva de estas repeticiones.
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