“La novela "La omisión", de Gabriela Massuh, pone en foco lo que dejamos al margen de la vida -porque no se vio, por falta de valor o simple desidia- a través de la historia de una mujer sacudida por la muerte de su marido, que intenta reparar esas omisiones.
Gabriela Massuh nació en Tucumán, es licenciada en Letras y obtuvo su doctorado en Filología en la Universidad de Erlangen-Nurenberg.
A su vez, dirigió el departamento de Cultura del Instituto Goethe de Buenos Aires durante más de dos décadas y en ficción ha publicado también la novela "La intemperie".
La autora cuenta a Télam que el desencandenante de la escritura de "La omisión" (Adriana Hidalgo) fue un hecho verídico: "Una amiga alemana médica, especialista en HIV, le tocó revelarle a una mujer de la burguesía de Munich que su marido había muerto de sida. Esa situación de perplejidad ante la propia ignorancia, esa situación de `ajenidad` que puede darse en un matrimonio, donde uno de los dos cónyuges puede llevar una doble vida y el otro no se da cuenta, es la que me atrajo", relata.
"¿Cómo rearma su vida una mujer que vivió décadas junto a una persona que no conocía? Esa pregunta es un tópico muy común, pero resulta difícil encontrar una respuesta. Y la novela es el intento de articularla. Eso que pasó por alto ¿por qué vuelve? ¿para reforzar nuestra identidad, para redefinirla o para constatar su carácter elusivo?", apunta Massuh.
- Télam: En un momento, Matilde, la protagonista, se pregunta casi irónica si esa búsqueda de explicaciones entre los papeles, la ropa y los cajones del marido muerto, si ese afán de encontrar una huella, no constituye una búsqueda de la propia identidad.
- Massuh: Yo le puse ironía a la pregunta porque hay una especie de lugar común en el postulado de una "mujer-madura-de-clase-media-alta-busca-su-identidad" y no quería caer en él. Pero sí, esa "omisión", esa falta de compromiso con la realidad de los afectos y la realidad es un rasgo de nuestra clase media alta.
Hubo desaparecidos, hay corrupción, tu hijo se droga, la especulación inmobiliaria se lleva puestos a los barrios de la infancia… pero la vida pasa y cuando una se quiere acordar, los hijos están grandes, vos seguís yendo al mismo peluquero los viernes y seguís usando el mismo tapado pelo de camello.
Matilde al bucear en la vida de su marido muerto termina por ver su propia desimplicancia. Esa es la omisión: no poder devolver el afecto. Es lo que se siente con situaciones donde se obró con injusticia o se dejó de decir algo y es tarde para repararlo. El itinerario de ella es un aprendizaje de las maneras de pedir perdón. Creo que logra dar el salto y reparar la omisión con los que están vivos.
- T: Una relación de pareja, donde los dos son como extraños, se contrapone a otros vínculos como los de la protagonista con su amiga Sara que no necesitan de la cercanía para perdurar ¿Una manera de subrayar el imprevisible comportamiento de los sentimientos?
- M: Siempre son imprevisibles; si no lo fueran, la vida sería absolutamente tediosa. La relación de Matilde con Sara es parte de ese deslumbramiento fundacional que tiene el compañerismo o la amistad en la adolescencia. Esa primera amistad verdadera puede ser tan fuerte como el primer amor.
Y se contrapone a la relación con el marido. Luego de la primera euforia, Matilde adopta una postura adulta: él es el marido y ella la señora de la casa, madre de los hijos. Un rol que ambos cumplen a la perfección. Son bastante "caretas". Ese rol que impone la sociedad, sobre todo en una familia tradicional, es un corset del que muchas mujeres de mi generación no pudieron liberarse.
Se olvidaron del deslumbramiento, de la adolescencia y del goce. Para reencontrarse con todo eso, Matilde tiene que asomarse a la pérdida de manera radical para poder comenzar de nuevo, al menos le doy esa oportunidad al final.
- T: El escenario de la novela, aunque centrado en una historia de desamor deja ver una Argentina con sus equívocos originarios como el mal llamado granero del mundo y ahora las corporaciones sojeras. ¿Por qué te interesó introducir estos temas?
- M: Es que lo político es privado; y viceversa. Lo dijeron las feministas de los años 60 que tenían mucha razón. Nuestra vida cotidiana está trasvasada por decisiones políticas, económicas. Por ejemplo: desde que cada naranja o cada ananá vienen con una horrenda etiqueta pegada, la fruta tiene sabor a industria. Producida en serie para exportarse.
Otro ejemplo: durante la cosecha de la soja no se acerca un solo pájaro, mientras que en las cosechas de cereales no manipulados genéticamente los pájaros sobrevuelan como locos tratando de pescar alguna semilla. La soja sabe a agroquímicos y suele tener olor a huevo podrido. La tierra en su conjunto, la naturaleza se han vuelto un commodity, una mercancía a ser explotada y vendida.
¿Y todo para qué? Para que muy pocos sigan acumulando riqueza y los pobres, echados de sus lugares de origen, pasen a engrosar las villas miseria del planeta. Lo mismo pasa con la construcción: cada vez hay más gente sin vivienda. Mientras tanto, se construyen más y más torres, no como viviendas, sino como territorios para mantener el valor del dinero.
- T: Así como sobrevuela en toda la novela el tema de la identidad de los personajes, también hay apuntes del imaginario colectivo, como la resistencia a incorporar las nuevas tecnologías o las disputas ante la mención al peronismo….
- M: A los personajes los veo muy argentinos, insertos en el aquí y ahora, cada uno con sus berrinches y su sabiduría, con sus frustraciones y esperanzas. ¿Qué desean? que la vida mantenga el misterio, la sensualidad y la pasión que tenía en la infancia. Desean formar parte de una multiplicidad, poder elegir y tener un futuro, que no se construyan más torres en Buenos Aires.
- T: Las mutaciones de la clase media, la incorporación de temas como la identidad de género o el sida, el individualismo confrontado con el idealismo de los 70, aparecen en la trama sin que esta pierda una impronta melodramática, intimista...
- Me gusta lo del melodrama. Esa permanente superposición del plano íntimo y el plano social no es intencional, sino un recurso, para mí imprescindible: mientras escribo pienso mucho en el lector. Yo quiero que mis personajes sufran, que seduzcan y se dejen seducir, que gocen, que se desesperen como todo el mundo.
Me aburren las novelas que se escriben con la intención de dejar constancia de un determinado estadio de la literatura. Creo que esa actitud viene de la glorificación de la novela que se hizo en el siglo XX. Hoy estamos ante una tierra arrasada en el plano cultural, político, social y económico.
Es necesario volver a empezar. Necesitamos de un puente con los otros y, en la literatura, ese "otro" es el lector. Mientras escribo trato de que me siga, me entienda, me acompañe y, finalmente, me consuele.
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Mora Cordeu
- Télam -
“Matilde Viale, madre de dos hijos adultos, acaba de enviudar. Pronto se entera de que su marido, Joaquín, un abogado exitoso que se movía en ambientes de poder financiero, político y militar, ha muerto de sida. Rápidamente el duelo muda en pesquisa. La viuda revuelve cajas, busca claves en fotos, visita a la suegra en un geriátrico, rememora circunstancias familiares, se encuentra incluso con el novio de su esposo, conversa con Pedro, un amigo de la pareja, y con Gómez, el socio de Joaquín que tramita la sucesión de bienes, que no son pocos. De ese pasado, que Matilde considera un extenso paréntesis, reaparece Sara Fiorito, una amiga de la universidad en los ajetreados años setenta, que ha vuelto del exilio para trabajar en Buenos Aires. Comparada con la vida de Sara, la de Matilde parece insustancial; apenas ha desarrollado en los años posteriores a la crisis de 2002 una actividad comunitaria en un barrio de Moreno, casi contra la voluntad de su marido. Francisco y Dolores, sus hijos, crecieron y ya no viven con ella. Sólo la acompaña María, una empleada doméstica.
Luego de operar como catálisis de la trama, la muerte de Joaquín queda en un discreto segundo plano: como la heroína de Retrato de una dama , Matilde debe enfrentarse a sí misma, a sus anhelos de juventud, muchos de ellos a estas alturas ya irrealizables, y comenzar a vivir un tiempo de descuento. Cuenta para ello con una conciencia, la que invade el texto al principio con dolor, ira y entumecimiento, para luego darle entrada a cierto tipo de lucidez que no perderá de vista el horizonte social de los hechos. Hija de un advenedizo que apostó (y perdió, en parte por haberse anticipado) al monocultivo de soja y de una madre con linaje criollo, Matilde advierte que hasta el presente ha sido sólo moneda de intercambio entre hombres: se ha casado con el abogado que salvó a su padre de la ruina. Luego, se convirtió en la fachada respetable de un homosexual encubierto, que no quería perder los favores de la burguesía sin por ello renunciar a sus pulsiones. Gracias a la amistad recuperada de Sara, con la que se establece en la novela un segundo comienzo, Matilde intentará vivir su vida.
La omisión , segunda novela de Gabriela Massuh, funciona como un híbrido entre dos épocas: con personajes anacrónicos (estancieros, terratenientes, ex jóvenes idealistas, arribistas), delimita el espacio de acción de una heroína que podría haberse rendido; con voces anticuadas y solemnes (aspecto del que la propia autora es consciente), crea una voz única, rota y con música propia ("Salieron del cuarto de llorar sin parar de reírse"); con materiales de la historia argentina, introduce una línea de fuga. Como en un laberinto temporal, que se duplica en caminatas por Buenos Aires (varias veces Matilde debe improvisar la marcha en una ciudad sitiada por el tránsito, los piquetes o los cordones policiales) o por el campo, y, en el plano textual, en digresiones (como la que, superior a varios papers y publicaciones, repasa en pocas páginas los años posteriores a la crisis), la protagonista padece, se deja afectar y obtiene al fin aquello de lo que había prescindido: experiencia.
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Daniel Gigena
- La Nación -