“Sin duda, los amantes de ese impreciso género que abarca el terror, lo sobrenatural y lo demoníaco recibirán con un escalofrío de alegría Vampiria, antología que reúne veinticuatro historias de "revinientes en cuerpo, upires y otros chupadores de sangre". La selección, a cargo de los docentes y traductores Ricardo Ibarlucía y Valeria Castelló-Joubert, viene precedida por una excelente introducción. Allí se examinan los primeros tratamientos literarios del vampirismo y se rastrean los orígenes de esa creencia, que se remonta a los mitos de la Antigüedad y se fortalece a partir del siglo XVIII como "proyección de terrores atávicos, emblema erótico o metáfora de enfermedades contagiosas y de procesos psíquicos anormales".
Esta antología, fruto de cinco años de trabajo, está organizada cronológicamente -de 1821 a 1927-, cuenta con una noticia biográfica de cada autor y ofrece múltiples variantes del tema: desde el enfoque gótico hasta la perspectiva positivista pasando por la exaltación romántica o la novela de aventuras. "Thanatopía", de Rubén Darío, por ejemplo, aborda el género dentro de un contexto modernista, mientras que Théophile Gautier, en "Los amores de una muerta", delinea el arquetipo de la femme fatale. H.P. Lovecraft propone, en "El intruso", una de sus habituales criaturas "mezcla de decrepitud, vejez y disolución". "La buena Lady Ducayne", de M.E. Braddon, ofrece una anciana no menos abominable que simboliza a una aristocracia parasitaria y se vale de transfusiones en vez de colmillos para extraer la sangre a sus damas de compañía. En tanto "El vampiro" de Horacio Quiroga, describe a una mujer espectral desprendida de la pantalla de cine gracias a unos rayos misteriosos, que podría haber inspirado a Adolfo Bioy Casares su Faustine, la inaccesible visión de La invención de Morel.
La investigación de Ibarlucía y Castelló-Joubert ha permitido establecer que el verdadero autor de "Deja a los muertos en paz" es Ernst Raupach y no Ludwig Tieck. Uno de los atractivos de la edición argentina consiste en la presentación de textos nunca antes publicados en castellano, como el capítulo seleccionado por Lord Ruthwen o los vampiros, de Charles Nodier. A "El vampiro", de John Polidori, se le ha restituido una "Carta al editor" y una "Introducción". La traducción de La dama pálida, de Alexandre Dumas padre, se basa en el original de la primera impresión francesa y recupera partes que fue perdiendo en sucesivas reimpresiones. "El invitado de Drácula", el supuesto primer capítulo de la novela de Bram Stoker -ausente en muchas ediciones-, constituye un episodio autónomo que transcurre durante la noche de Walpurgis.
Desde el punto de vista estrictamente literario se destaca "Sobre el vampirismo", un texto de Prosper Mèrimée elaborado como un artículo periodístico que culmina con un caso del cual Mèrimée habría sido testigo. El testimonio, narrado en un estilo despojado y lacónico, parece anticipar algunos relatos de Ernest Hemingway.
"Berenice", uno de los mejores cuentos de Edgar Allan Poe y quizás el menos vampírico de la colección, combina monomanía, fetichismo y necrofilia; avanza al ritmo sonámbulo del opio hacia un remate magistral contenido en la última oración. Esta versión original, hasta ahora inédita en castellano, trae un fragmento que luego el escritor estadounidense eliminó.
También en su construcción primigenia puede disfrutarse de otro clásico: "El Horla", de Guy de Maupassant, habla de un ser invisible que se alimenta del aliento de sus víctimas, bebe leche y agua, se multiplica y ha venido a ocupar el lugar del hombre. En cambio, Joseph Sheridan Le Fanu con su "Carmilla" seduce mediante el suave erotismo lésbico que impregna la relación de dos adolescentes. E. F. Benson desarrolla la trama de "La habitación en la torre" en una vena fantástica que atrapa a través de un sueño recurrente y amenazador que podrían haber soñado Kafka o Cortázar, pero pierde vigor cuando somete el desenlace a los efectos de un terror convencional.
En síntesis, el amplio menú dark de Vampiria permite saborear sus historias con deleitoso espanto y comprobar que el universo de los brucolacos no se agota en ataúdes, crucifijos y ristras de ajo.
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Felipe Fernández
- La Nación, de Buenos Aires -