Gombrowicz, Witold
Diario argentino
- Colección: Narrativas
- Género: Ensayo
- ISBN: 987-9396-61-8
- Páginas: 302
“La característica de Argentina es una belleza joven y ‘baja’, próxima al suelo, y no se la encuentra en cantidades apreciables en las capas medias o superiores. Aquí únicamente el vulgo es distinguido. Sólo el pueblo es aristócrata. Únicamente la juventud es infalible. Es un país al revés, donde el pillo vendedor de una revista literaria tiene más estilo que todos los colaboradores de esa revista, donde los salones –plutocráticos o intelectuales– espantan por su insipidez, donde al límite de la treintena ocurre la catástrofe, la total transformación de la juventud en una madurez por lo general poco interesante.”
Witold Gombrowicz
Gombrowicz les dice a sus compatriotas en su Diario que no traten de rivalizar con Occidente y sus formas, sino que traten de tomar conciencia de la fuerza que implica su propia y no acabada forma, su propia y no acabada inmadurez; con todo lo que ello supone de fresca y franca libertad en un mundo de formas fosilizadas. En suma, recomienda y practica él mismo la barbarie dionisíaca, haciendo de su juventud e inmadurez una potencia renovadora. Buena lección para nosotros.
Ernesto Sabato
“¿Qué pasa cuando uno pertenece a una cultura secundaria? ¿Qué pasa cuando uno escribe en una lengua marginal? Sobre estas cuestiones reflexiona Gombrowicz en su Diario y la cultura argentina le sirve de laboratorio para experimentar sus hipótesis. En este punto Borges y Gombrowicz se acercan.
Ricardo Piglia
“Piglia dice que Gombrowicz es el mejor escritor argentino del siglo XX. Es sin duda una exageración irónica destinada a poner a prueba el nacionalismo argentino, pero no es totalmente inexacta; el tema witoldiano por excelencia, la inmadurez, lo inacabado –que él atribuía a la cultura polaca– venía siendo de un modo inequívoco, desde los años veinte, la preocupación esencial de los intelectuales argentinos.”
Juan José Saer
“Desde los premonitorios viajeros ingleses hasta la colección de prestigiosos huéspedes extranjeros que supo enhebrar Victoria Ocampo, la mirada del admirado extranjero parecía constituir una marca de fábrica en el imaginario cultural de la Argentina dorada. Pero sólo cuando los enfoques coincidían. De otro modo estallaban los ácidos desencuentros que rodearon, por ejemplo, ciertas lógicamente nada convencionales opiniones al paso de alguien como Henri Michaux.
Distinto, pero no menos significativo, fue lo ocurrido con otros grandes escritores europeos que, por cuestiones de enfoque o perspectiva, no atinaron a ser percibidos. Así pudo dormitar Lawrence Durrell, sin ser incomodado, en una modesta canonjía cordobesa. Y el polaco Witold Gombrowicz (1904-1969), que constituye sin duda el caso más llamativo de esta segunda serie, transcurrir veinticuatro años entre nosotros sin que por lo general fuera apreciada su presencia. Hasta que lógicamente la consagración europea, alejándolo de aquí, vino a colocarlo en el centro de la escena.
Llegado a Buenos Aires por casualidad, el 21 de agosto de 1939, en un viaje promocional del barco Chorbry, a los pocos días la invasión nazi de su país, que iba a dar comienzo a la Segunda Guerra Mundial, lo dejó varado en nuestras playas, sin fondos, sin idioma y sin futuro. Aunque vio publicar en 1947 una traducción colectiva de su novela Ferdydurke, por medio de un equipo conducido por el escritor cubano Virgilio Piñera, apenas un puñado de jóvenes aspirantes a escritores, la mayoría del interior, pareció tomar cierta conciencia acerca de la clase de escritor que involuntariamente cobijábamos.
Claro que tampoco Gombrowicz resultaba (por suerte) un especialista en relaciones públicas, uno más de tantos especímenes ajenos o locales dedicados de lleno a la autopromoción, sino que era, por el contrario y para su grandeza, no sólo un hombre sinceramente angustiado por el destino individual y colectivo, sino también un artista poco complaciente, tan exigente como devoto. Cultivó la ironía antes que la “genuflexión”, y prefirió buscar entre los jóvenes más legítimos y menos convencionales de una Argentina que, como por otro lado nos ocurre a tantos de nosotros, no cesaba de acosarlo con sus contradicciones y sus pesadillas.
Durante catorce años llevó un diario que se concretó en más de mil páginas, y llegó a tomar la forma de tres gruesos volúmenes. De ese conjunto, y bajo un título tan literal como Diario argentino, él mismo reunió aquellos textos relacionados con nuestro país. Pero que no se llame nadie a engaño. Lejos estamos aquí de esos en cierta medida presuntuosos sabelotodos que, después de una o algunas más o menos breves estadías, se lanzaban a radiografiar nuestro “ser” más oculto o a prodigarnos soluciones instantáneas para encontrar, definitivamente, nuestro “verdadero” designio.
Como él mismo lo dice en su Prefacio, este libro apasionado e intenso, cuestionado y cuestionador: "No es la descripción de la Argentina, sino de mi vivencia en la Argentina". Con la modestia del auténtico, no se propone resolver la ecuación de una totalidad sino contagiarnos las experiencias de una situación. Exento de pretensiones y prejuicios, si por un lado puede convencernos sin necesidad de énfasis alguno: "Y, sin embargo, es cierto que Argentina se convirtió para mí en algo inusitadamente importante, conmovedor hasta lo más profundo.", también logra darnos la prueba fehaciente de su sinceridad agregando, acto seguido, algo que quizá tantos de nosotros intuimos oscuramente compartir con él: "Pero no sé bien a qué se debe eso y en qué consiste."
Estas páginas son las huellas del paso por el país de un gran escritor, colocado por el destino durante largo tiempo en una situación muy singular, y que tuvo la altura innegable y luminosa de no engañarse y no engañarnos. Si nos sorprenden muchas veces con una inusitada agudeza intelectual, nunca alcanzan a defraudarnos si lo que buscamos es, como debería ser, una fraternidad exigente. Y recordemos que esos relámpagos de intuición a fondo, incluso dolorosamente reveladores, se produjeron cuando todavía resultábamos deseables para el mundo, cuando el país ocultaba sus entresijos bajo una apariencia de riqueza inextinguible.
Que se cargan de inesperadas reverberaciones en las muy difíciles circunstancias que hoy nos toca vivir. Acaso por cierta deformación profesional, pero en realidad nunca apenas por eso, de los muchos momentos en que me sentí más o menos hondamente tocado por sus iluminaciones, si me viera obligado a elegir preferiría esto que sigue, tan trágicamente certero, tan demoledoramente eficaz: "Es un país, pues, donde no se realiza la poesía, pero donde con fuerza inmensa se siente su presencia detrás del telón, terriblemente silenciosa".
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Rodolfo Alonso
- La Gaceta, de Tucumán -
“Esta esperada – y muy cuidada- reedición del Diario argentino de Gombrowicz permite que las nuevas generaciones accedan a un texto esencial de uno de los más grandes autores del siglo veinte. En el año del centenario del escritor, el libro vuelve a las librerías después de mucho tiempo. Hasta ahora, sólo se conseguían los carísimos dos tomos de la edición española.
La obra compila parte de las colaboraciones -las referidas a la Argentina que, a manera de folletín, Gombrowicz enviaba a la revista literaria de la inmigración polaca en París, Kultura, durante la década del "50. La prosa mordaz y despiadada del autor de Ferdydurke describe al país que lo albergó durante 24 años como "algo inusitadamente importante, conmovedor hasta lo más profundo". Así, las crónicas -sin un orden preciso ni temático- establecen paralelismos y similitudes entre las culturas "secundarias" argentina y polaca, periféricas del eje legitimador de entonces: París. Pero, además, el escritor polaco -sumergido voluntariamente en un aislamiento del Parnaso cultural local- la emprende con crueldad contra los miembros del grupo de la revista Sur, incluido Borges y, por supuesto, Victoria Ocampo.
En realidad, Gombrowicz utiliza el diario como una suerte de laboratorio para sus teorías filosóficas y literarias. Algo que le servirá años más tarde, luego de su consagración europea, en los futuros combates contra Sartre y contra los estructuralistas franceses. Los grandes temas de Gombrowicz como la Forma -entendida como toda manifestación exterior del hombre que lo limita y desvirtúa-, la inmadurez, el poder de la juventud y la inferioridad, aparecen en el contexto cultural argentino, que el escritor supo desnudar como nadie lo había hecho hasta entonces.
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S.R
- Revista Debate, de Buenos Aires -
“¿Qué es la Argentina? Witold Grombrowicz, que nació en Polonia como podría haberlo hecho en cualquier parte, se tomó 24 años para responder. Su Diario argentino registra esa expectativa en nuestro país, desde su legada en 1939, una semana antes de que los nazis ocuparan Polonia hasta su vuelta a Europa en 1963. Solo, ignorante del español, Gombrowicz, “enamorado de la catástrofe”, inicia en la remota Argentina un vía crucis voluntario. Porque ese rincón en el mapa bien podría representar, para un europeo culto, la “inferioridad” cultural, lo inacabado, temas clave de su poética. El Diario se inicia en el año nuevo de 1955, que abre su “tercer período” argentino, el menos sufrido, con un ascendente reconocimiento y algunos discípulos locales. Largos flashbacks evocan los tiempos de su llegada, años de miseria y de un desconfiado acercamiento a los escritores de Sur. Pero Gombrowicz no viene a buscar cultura. Viene por lo bajo, lo-sin-importancia: la juventud. “Ante el desastre me escapé hacia la juventud (...), un refugio frente a los ‘valores’, es decir, frente a la cultura”. La madurez y la forma como las barreras que neutralizan la libertad y el impulso vital, idea central de su novela experimental Ferdydurke, aparecen como vivencia en el Diario argentino. Las noches en bares de Retiro y su veneración por los jóvenes proletarios -veneración no homosexual-, son el lado real del Gombrowicz novelista. El texto sigue sus andanzas por La Falda, Necochea, Tandil y Santiago del Estero. Gombrowicz, sentado en el barcito local, disecciona el espectáculo cotidiano con ojo de entomólogo, con una escritura que oscila de la imagen seca a la reflexión arbitraria y certera. Una esponja que absorbe cuerpos, paisajes, costumbres y simulaciones argentinas. Hoy podemos comparar esa Argentina del 40 y el 50 con la actual, mucho más Gombrowicz que aquella. Expansión de la cultura “joven”, lumpenización de los lenguajes, bailanta, rock barrial, ¿qué diría el polaco de todo esto?” VER MÁS
Fernando Molle
- Clarín, de Buenos Aires -
“A la hora de comentar el Diario argentino de Gombrowicz, la pregunta que enseguida se presenta es ¿cómo decir -hoy, ahora- algo sobre Witold Gombrowicz sin abrevar en las palabras manoseadas que a lo largo de los años nos ha venido dictando su leyenda? ¿Cómo hacer para evitar aquello que, gracias a la machaconería de la crítica, ha dejado de parecernos pertinente?, ¿cómo escapar a lo que, a fuerza de haber sido dicho, incluso por el mismo Gombrowicz, ha sido unánimemente aceptado: su fascinación por lo pequeño, lo bajo, lo inmaduro, lo inacabado? ¿Cómo no encontrar ahí, en esas preferencias, el guiño que, cómodamente, nos permitiría soltar dos o tres frases a fin de cercar la literatura de este polaco impreciso?
Hay algo que, sin embargo, es posible leer en el Diario argentino, y es que, parejamente a la atracción que en Gombrowicz ejercía la belleza salvaje, vital, de las juventudes de América, pueden encontrarse cada tanto otras impresiones que, si bien no alcanzan a impugnar esos juicios, logran al menos colocarlos en una zona menos transitada, borrosa, productiva y problemática. Una zona que podría ejemplificarse con ese momento del Diario en el que habla de En busca del tiempo perdido y se pregunta si él y Proust pertenecen a la misma familia. “Sí”, se responde, “ambos pertenecemos a la misma familia distinguida.” Precisamente, es en esa zona -una zona en la que se evidencian los caprichos, la arbitrariedad desprejuiciada de sus análisis "sociológicos", las contradicciones, los pareceres que, a las pocas frases, son drásticamente rebatidos-, donde todavía es posible encontrar un senderito que nos permitiría remozar a Gombrowicz e intentar bajarlo del mausoleo palabrero en el que ha sido colocado. Algo que, posiblemente, el mismo Gombrowicz hubiera agradecido, sobre todo si se tiene en cuenta la aversión que sentía hacia los artistas "consagrados", "adultos", "maduros"; hacia todos esos escritores cuya “producción más durarera”, como dice David Viñas de Sábato, “ha consistido en incrustarse en la fachada de la cultura canónica hasta ser considerado un panorama o un objeto de culto”. Remozar a Gombrowicz, entonces, barrerle la etiqueta de "objeto de culto", de "escritor maldito", "genial", e intentar verlo, más bien, como un escritor felizmente irresponsable, antojadizo, arrogante, impulsivo; un escritor que, al igual que Macedonio Fernández, nunca se sintió pertenecer al mundito de las letras; vale decir, una persona que, como escribe de sí mismo en el Diario, “se nos presenta como quien bajo ningún concepto quiere su lugar en la sociedad...”
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Mariano Dupont
- Los Inrockuptibles, de Buenos Aires -