Shônagon, Sei
El libro de la almohada
- Colección: El otro lado
- Género: Diario
- ISBN: 978-987-9396-57-5
- Páginas: 320
Shônagon, Sei
Muy poco se sabe de la autora de El Libro de la Almohada. Se la conoce como Sei Shônagon, que fue el apodo que mereció durante su servicio en la corte durante la década de 990 a 1000. Sei es la lectura china del primer ideograma de su apellido, Kiyohara. Shônagon designa su cargo en la corte: ayudante de menor rango de la emperatriz Sadako (976-1001). Sin absoluta certeza, se repite que nació en 966 y que era hija de Motosuke, poeta de cierta reputación. Se asegura que sirvió a la emperatriz hasta que ésta murió, y sobre la segunda mitad de su vida todas son conjeturas: que continuó atendiendo a ésta o aquélla dama de la familia imperial, aunque casi todas las tradiciones coinciden en imaginarla como una anciana que muere muy pobre. Una anécdota cuenta que pasó un período de reclusión y abstinencia, alejada de la corte, reprendida por utilizar una expresión poco feliz. Dicen que la expresión que ofendió a la emperatriz fue kurashinikanekeru, "haber sido difícil de soportar". Cuando regresó, hubo damas que la criticaron porque consideraron que "presuntuosamente había creído en las palabras nostálgicas con que la emperatriz se había referido a ella”. La tradición la ubicó como la rival literaria y política de Murasaki Shikibu –autora del Romance de Genji–, y es cierto que servían a emperatrices diferentes. Una cita del diario de Murasaki se esgrime como prueba: "Sei Shônagon, por ejemplo, es terriblemente engreída. Se juzga tan aguda, que hasta esparce en sus escritos caracteres chinos, pero si uno examina con atención, dejan mucho que desear. Alguien que hace un esfuerzo tal para ser diferente de los otros está condenado a perder la estima de la gente, y sólo puede augurársele un arduo futuro. Sin duda que es una mujer dotada. Sin embargo, si una da rienda suelta a sus emociones, incluso en las más inapropiadas circunstancias, si una prueba cada cosa interesante que se le presenta, las personas la considerarán frívola. ¿Y cómo podrá una mujer así resolver bien las cosas?".“"Una mujer atractiva, cuya cabellera se desparrama sobre su frente, ha recibido una carta en la oscuridad. Evidentemente está demasiado impaciente como para buscar una lámpara, así que toma unas tenazas y, levantando un trozo de ardiente carbón del brasero, laboriosamente lee con el débil reflejo. Una escena deliciosa". He aquí una de las muchas anotaciones sueltas que se esparcen por El libro de la almohada, de la escritora japonesa Sei Shônagon, a quien se cree nacida hacia el año 996 y que estuvo al servicio de la emperatriz Sadako (976-1001). Dado a conocer entre los occidentales por Arthur Waley en 1928, que lo tradujo fragmentariamente al inglés, ahora acaba de aparecer la primera edición completa en castellano de El libro de la almohada (Adriana Hidalgo editora) a cargo de Amalia Sato, algo que, a mi juicio, hay que considerar como un acontecimiento cultural de primer orden, porque, junto al sí disponible entre nosotros Romance de Genji, de la también escritora Murasaki Shikibu, es uno de los monumentos literarios clásicos de Japón. En la última de sus entradas, la número 185, Anochece, Sei Shônagon nos cuenta cómo aprovechó unas resmas de papel sobrantes, que le regaló la emperatriz, para escribir su libro, el cual lleva el título reseñado, porque, según dijo en ese momento, ella, de poseerlas, las habría usado como almohada, una ambigua declaración que conllevaba también lo que nosotros entendemos como "libro de cabecera". Se trata, en cualquier caso, de una declaración que resta pretensión literaria al libro, como luego la misma autora recalca mediante la afirmación de que "escribí para mi propio entretenimiento, y apunté únicamente lo que sentía". Ambas cosas parecen ciertas, porque cada una de las anotaciones están dictadas por el azar de una impresión ocasional y están escritas en el estilo que significativamente los japoneses denominan "zuihitsu", que podemos traducir como "a vuelapluma". Como en el caso de Sei Shônagon, las grandes obras artísticas no pocas veces surgen como al desgaire, sin otra pretensión que reflejar el curso de algunos bellos giros de nuestra imaginación, entreverada de pensamientos sueltos. Pero no todo el mundo está preparado para afrontarse, con esmero y sinceridad, desde una perspectiva tan modesta, y, mucho menos, observar con amorosa atención los minúsculos detalles del efímero acontecer del ser humano. Aspirar el viento sutil de esta levedad, casi inapreciable, de nuestra existencia es lo que enfáticamente se denomina "inspiración". La de la cortesana Sei Shônagon se demoró en la realización del inventario de aparentes futilidades; cuya fragancia poética, sin embargo, diez siglos después y en el otro extremo del mundo, nos conmueve hasta la raíz. ” VER MÁS
Francisco Calvo Serraller
- El País, de Madrid -
“ El paso del tiempo demora, o silencia, la transmisión de los libros escritos en lenguas extranjeras. Este efecto es mucho más notable cuando se trata de escrituras que poco tienen que ver con la tradición occidental. La sensación de extrañeza se acentúa si además es una mujer quien escribe y describe los vicios y las virtudes de la corte de Japón en la década de 990. Sei Shônagon, una ayudante poco importante de la emperatriz Sadako, es la autora de El libro de la almohada, un relato digresivo, ordenado según el cambio de las estaciones y de los estados de ánimo de quien escribe. Las aproximaciones biográficas suponen que tenía cerca de 20 años cuando redactó su obra, semejante, por momentos, a un diario privado y también a un catálogo de situaciones. Sei -tal era su nombre familiar, en tanto Shônagon designa su cargo en la Corte- escribe con caracteres chinos, los que estaban reservados a los asuntos oficiales y a la alta cultura, dominios masculinos. La poesía era parte de la alta cultura, y la escritura en prosa un lugar de menor jerarquía. En ese espacio Sei ubica sus relatos y catálogos, que bordean el secreto de la escritura íntima. Y elige precisamente un tono cínico y sarcástico para las cosas relativas a las personas importantes, mientras que las manifestaciones más triviales de la naturaleza, como "el pasto que asoma verde y brillante entre la nieve", merecen una mirada más paciente y delicada. Clasifica, por ejemplo, "cosas sórdidas" como "el revés de un bordado" o "el interior de la oreja de un gato". En el capítulo siguiente, referido a "personas que parecen sufrir", se ocupa, entre otros seres, de "la nodriza que cuida a un bebé que llora de noche". Más adelante enumera "cosas que aunque lejanas son próximas": "el Paraíso", "la trayectoria de un bote", "las relaciones entre un hombre y una mujer". Las semejanzas y las relaciones entre los diversos capítulos componen una suerte de álbum ordenado casi al descuido, despreciando las escalas previsibles para narrar la vida cotidiana de acuerdo con otros parámetros. El reconocimiento literario, que representaba para los hombres una vía de acceso al poder político, para las mujeres era un camino que les permitía conseguir la atención de los hombres de rango. En este sentido la escritura de Sei Shônagon, una cortesana en el Japón de mil años atrás, desarrolla una táctica política, con imágenes que no desdeñan las flores y las penas del amor, pero que llegan mucho más lejos, cerca de la sorpresa de las obras únicas. ” VER MÁS
- Revista Tres Puntos, Buenos Aires -
“Hace poco más de mil años, una dama al servicio de la Emperatriz, con todo el tiempo del mundo por delante, se puso a escribir las ocurrencias, reflexiones y anécdotas que le inspiraba la ociosa aunque rigurosamente pautada vida de la corte Heian, en la ciudad luego llamada Kioto. El resultado es El libro de la almohada, una de las primeras obras maestras de la literatura japonesa, nunca hasta ahora editada en español, hoy accesible gracias a la traducción de Amalia Sato. Un linaje de signo femenino parece acompañar el trayecto histórico de una obra realizada con esa caligrafía de líneas suaves, de "mano de mujer", que en el ambiguo mundo de las cartas de amor desarrolló la típica escritura fonética de Japón. El filme Escrito sobre el cuerpo (The Pillow Book), de Peter Greenaway, quizás haya despertado hace pocos años la curiosidad por este clásico, aunque los fragmentos que allí cita el director son difíciles de hallar en el libro y en algunos casos pueden ser apócrifos. Por otras citas textuales, El libro de la almohada bien podría merecer una película aparte: "He cometido la locura de invitar a un hombre a pasar la noche en un lugar poco conveniente, y comienza a roncar". No es el inicio de un cuento, sino una observación suelta en el marco de un conjunto de segmentos de una coherencia impecable. Donde también se dice: "Un buen amante se conducirá con elegancia tanto en la oscuridad como en cualquier otro momento". Sei Shônagon fue el apodo de una mujer de no más de treinta años que trabajó como ayudante de menor rango de la casi adolescente emperatriz Sadako en la década de 990. Culta, inteligente, engreída: las descripciones de quienes la envidiaron y/o detestaron coinciden con la imagen que uno puede hacerse al leer su diario. Pero éste no sólo tiene el mérito de ser una de las dos primeras obras canónicas de la literatura japonesa (la otra es el Romance de Genji, de Murasaki Shikibu). Además, su aparición diseña un nuevo campo: el ensayo digresivo, fragmentado en microrrelatos, catálogos, impresiones, con el tiempo desarrollado por los monjes budistas para obras de intención doctrinaria. El libro de la almohada, con su despreocupada frivolidad, no es el diario de una mística. Sin embargo, para textos como las Tsurezuregusa (en español, Ocurrencias de un ocioso) del eremita Yoshida Kenko, Sei Shônagon siempre ha sido la primera referencia, fuente de inspiración y cita ineludible. Creadora de un género, la autora tuvo la libertad de incluir sentimientos, prejuicios, recuerdos, clasificaciones, caprichos, pautas de conducta, transgresiones, sarcasmos y consejos. Los repertorios o listas exhaustivas (de cosas sórdidas, encantadoras, deprimentes, odiosas, raras, vergonzosas) se alternan con meditaciones sobre temas de la naturaleza, conmovedoras escenas de amor y llanto entre pájaros y equívocas situaciones de infidelidad y seducción en la Corte. Hay tormentas de nieve, cielos de luna llena y pétalos de perales "con un tinte rosa tan tenue que no podría asegurar si existe o no". El amante de una mujer emprende su regreso en medio de la noche para escribir el poema que exige la etiqueta amorosa y enviárselo a ella antes que el rocío se desvanezca en las enredaderas. Se¡ Shônagon observa atenta, disfrutando de la descripción de lo sutil, lo divertido e inconveniente, el detalle mínimo de esa manga más larga en un vestido o aquella trenza que el encuentro nocturno ha dejado en desorden. Puede leerse a este conjunto de texturas a lo largo de diferentes cortes. Hay una mirada sobre el varón, la mujer y las relaciones de género que parece atípica para su época y condición social. Sei Shônagon se planta ante los hombres con altivez, como pares o subalternos intelectuales. Por un lado, confiesa su desprecio por las amas de casa que sirven a sus maridos; por el otro, critica a los varones que consideran frívolas a las mujeres que sirven en la Corte. Y defiende la soltura con que actúan esas damas del palacio, con su hábito de mirar a los ojos sin diferencia de rango, o su derecho a no permanecer escondidas detrás de biombos y abanicos. A la lectura feminista podría sumarse una que dé cuenta de las condiciones de clase: la abierta burla a los plebeyos y la sobreactuada admiración por las personas de alcurnia parecen maniobras de un plan estratégico de posicionamiento social. La autora se sorprende -casi a punto de desmayo - de que un "vulgar plebeyo" pueda recitar un espléndido poema. Se emociona ante las mujeres buceadoras que se sumergen en el mar para ganarse el sustento. Y odia al "hombre que sin ningún encanto especial habla de modo afectado y adopta poses de elegante". Desde su lugar de asistente, subordinada pero con una peligrosa proximidad con los poderosos, Sei Shônagon se presenta como un sujeto con absoluta libertad de expresión, capaz de emitir juicios, preferencias y aversiones sobre cada uno de los aspectos de la existencia. Para su traductora, allí puede verse la marca de originalidad: "Es un individuo, no una vulgar dama de la corte", dice Amalia Sato. "Su capacidad de opinar es un gesto moderno". Lo que más sorprende es que, en el entorno rígidamente codificado del palacio imperial, Sei Shônagon pudiese cultivar ese grado de emancipación, no a pesar de las reglas ni por disidencia o desobediencia, sino mediante la absoluta aceptación de estructuras percibidas como inmodificables. Púrpura es el color del Emperador, y el de los pantalones del Sexto Rango de Cancilleres; por lo tanto, todo lo púrpura será espléndido. Por momentos, su estrategia parece ser la de sobrecodificar la conducta social hasta el absurdo para reírse última y mejor. Considera embarazoso "haber hablado sobre alguien sin sospechar que podía oírnos". Raro que un sirviente no hable mal de su amo. Y detestable que una persona se desee salud a sí misma después de estornudar. Pero confiesa: "En verdad, abomino de todo aquel que estornuda, excepto si es el dueño de casa". Luego, ella misma establece reglas que reducen las pautas al disparate: "Los niños pequeños y los bebés han de ser regordetes, así como los gobernadores de provincia y los que hayan triunfado en este mundo, pues si son delgados y enjutos, una sospecha que tienen mal genio". El carácter fragmentario de El libro de la almohada dispara múltiples posibilidades de uso. Pueden hallarse aquí muchas de las innumerables tretas que ante el poder desarrolla la astucia del débil: "Nunca pensé que estas notas serían leídas por nadie salvo por yo misma, y por eso incluí todo lo que se me ocurrió, por extraño o desagradable que fuese". También hay descripciones de festividades y costumbres de época como material de referencia histórica, y abundantes ideas de manual de estilo con repertorios completos para ejercicios de taller literario. Sobre todo, se trata de un texto para ser leído en largas horas, que puede abrirse una y otra vez, dejándose encantar por el ligero ánimo contemplativo que observa con deleite ese paisaje condenado a ser siempre lejano y exótico, aunque fuera el lugar de nacimiento de una subjetividad que mantiene vigencia mil años más tarde. ” VER MÁS
Osvaldo Baigorria
- Clarín, Buenos Aires -
“No nos engañemos con una lectura superficial del título, no sirve para dormir. Sí para reflexionar, hoy y ahora, en que mientras Europa se mantenía, durante el siglo X d.C. en cierta penumbra intelectual, para decir lo menos, y sólo contados personajes, sobre todo clérigos, sabían leer y escribir, en el Extremo Oriente ya hacía unos cuantos siglos que, gracias al estímulo proporcionado por las vecinas culturas de China y Corea, una civilización de rasgos exquisitos, fuertemente coloreada por una visión aristocrática de la sociedad y los hábitos, florecía. Una literatura producida por mujeres dominaba entonces el panorama. Y si las Cortes de Amor (otra concepción femenina) apareció en Francia en la segunda mitad del siglo XII, en un marco más limitado, en Japón adquiría prestigio la autora de la primera novela japonesa Murasaki Shikibu con su melancolía vertida en Genji Monogatari, lo hacía también, según los datos proporcionados por la traductora y prologuista Amalia Sato, Sei Shônagon, nacida en 966 y muerta en el primer tercio del siglo siguiente. La autora de este libro, que utilizaba ya una escritura fonética desarrollada a partir de los ideogramas chinos, el hiragana, era ayudante de menor rango de la emperatriz Sadako (976-1001). De buen familia, de otro modo no hubiera podido acceder al cargo, escribió, con soltura, inteligencia, sensibilidad y gracia, acerca de sus experiencias como testigo de lo que sucedía en esa corte, ceñida a rituales estrictos, ceremonias, fiestas y risas abundantes. Sei Shônagon, que también escribe en prosa, era una observadora sin pelos en la lengua, aunque atenida a una discreción elemental, y a lo largo de las páginas de su libro no hay nada, o muy poco, que se parezca a una novela. Aquí campea un clima de intimidad y la composición no es lineal ni posee intrigas o personajes en desarrollo. Está escrita en primera persona, dividida en capítulos generalmente breves, y la temática es variada, y está vigorosamente impregnada por una idiosincrasia femenina. Como dice acertadamente la prologuista, se trata de "ensayos fugaces, descripción de emociones, apuntes autobiográficos, emociones o poemas carentes de una orientación predeterminada, una dispersión del sujeto en fragmentos". Sei Shônagon, aparte de su inteligencia penetrante, no dejaba de ser vanidosa y afecta, a juzgar por lo leído, al chisme. Pero sus retratos de los hombres y mujeres de la corte son animados y atractivos. Es claro que le interesa la conducta de los seres que muestra con trazos entre admirativos y cómicos, y no es inmune a los poderes de la fuerza masculina (al parecer las costumbres eran bastante libres en cuanto a las relaciones entre ambos sexos), pero todo debía seguir el curso que los códigos prescribían. La naturaleza tiene también su parte (estaciones, sol, luna, nubes, árboles, flores, lluvia, agua, etc.), pero la emoción suscitada por estos espectáculos variados se orienta hacia lo estético, como que esta cultura lo era de un modo aplastante. En este sentido, trajes, atavíos, adornos, colores de las telas ocupan un lugar importante y definen a sus portadores. Y uno de los rasgos más significativos es que la numerosa galería de personajes, además de una memoria prodigiosa para retener versos de poetas japoneses o chinos, tiene una facilidad pasmosa para componer en toda ocasión poemas propios que, en la traducción, poseen un encanto indiscutible y provocan a la envidia. Una envidia sana, se entiende. Pero todo esto pasó, y es muy problemático que regrese. ” VER MÁS
Rodolfo Modern
- La Gaceta, Tucumán -
“Hace un milenio, mientras la civilización occidental se debatía en una extensa cruzada contra las tribus musulmanas (como se ve, una vieja costumbre), miles de kilómetros al este, Japón vivía un momento de estabilidad y prosperidad, acompañado de un gran esplendor cultural: el llamado período Heian, suerte de “siglo de Pericles” nipón que, en rigor, duró casi cuatro centurias (794 a 1185). Considerado el período clásico y fundacional de la literatura japonesa, es el momento en que el Imperio comienza a depender menos de la vecina cultura china y a crear su lengua y escritura propias. El arte tiene mucho que ver con esto: es común que los nobles lean y memoricen la poesía de sus antecesores, los concursos de poemas están a la orden del día y hasta los amantes furtivos están obligados, por rigurosa etiqueta, a enviar unos versos a la mujer cuyo lecho acaban de abandonar. En medio de tal prosperidad surge -un poco como lo harían las lenguas romances a partir del latín vulgar- la escritura fonética japonesa, que simplifica los clásicos ideogramas de la china, dotándolos de personalidad propia. Como las mujeres tenían prohibido estudiar en profundidad el lenguaje chino -destinado, como el latín en Occidente, a la gran literatura y los documentos oficiales-, escribían en este japonés primitivo, que pronto manejaron con soltura: de ahí que fueran responsables de las grandes obras literarias del período. Eran mujeres de la corte, habituadas a estudiar a los poetas para entretener a las varias consortes del emperador, a quienes servían como damas de compañía. Las más famosas son Murasaki Shikibu, autora del Romance de Genji, y Sei Shônagon, conocida por El libro de la almohada, del que ahora llega la primera versión completa en español. Es el mismo que adaptó Peter Greenaway muy libremente (por no decir que agarró para cualquier lado) en su película Escrito en el cuerpo (The Pillow Book, 1977). ANIMALES BORGEANOS. Rivales entre sí -aunque sirvieron a emperatrices diferentes-, Murasaki y Shônagon representan dos estilos distintos en la naciente literatura japonesa: el Romance de Genji (ver EL PAÍS CULTURAL N° 595, 30 de marzo de 2001) es una extensa y elaborada narración, con gran desarrollo de personajes y un tono reflexivo, casi melancólico, que hoy llamaríamos existencial. Por el contrario, El libro de la almohada es una colección de fragmentos escritos “al correr de la pluma” (en rigor, del pincel con que se dibujaban los ideogramas) a la manera de un diario, donde la autora describe su conducta y la de sus contemporáneos con tono juguetón y contemplativo. De hecho, estos fragmentos traen tanta información sobre la vida cotidiana de Palacio que hoy constituyen una de las principales fuentes para los historiadores del período. Pero no hace falta ser un interesado en la cultura japonesa para disfrutar del Libro de la almohada. Su atractivo va más allá: de hecho, a menudo sorprende por su actualidad. El tono intimista de su prosa, presente aun cuando detalla el protocolo de alguna ceremonia oficial, consigue acercarnos a la historia pequeña, personal de los que allí estuvieron. Esta prosa en primera persona deja en el lector una sensación ambivalente: el esperable exotismo de la escena deja paso a una curiosa familiaridad, avivando el interés. La edición castellana se compone de 185 fragmentos, en su mayoría breves y dispuestos sin orden aparente. No hay referencias cronológicas concretas más allá de las estaciones del año. Algunos de los textos son descripciones de algo que llama la atención de la autora, desde el rocío en los pétalos de una flor hasta la armonía de colores en los vestidos superpuestos de un noble: la descripción minuciosa del objeto y lo que su visión provoca insisten en un éxtasis de la contemplación, que uno diría "zen" si no fuera que éste movimiento es dos siglos posterior. Una segunda categoría corresponde a las listas de cosas o situaciones, ordenados desde los criterios más disímiles, como la famosa clasificación de los animales de Borges: cosas desagradables, "hierbas y arbustos", "cosas que emocionan" y así. Otra vez, lo elemental de la reflexión a menudo desarma al lector, que no sabe si maravillarse o compadecerse de la actitud simple y sin cuestionamientos de la escritora. Pero sin duda los fragmentos más perturbadores son los francamente narrativos, en donde se cuentan anécdotas de la vida en palacio. Además de ilustrar sobre la vida cotidiana del Japón de entonces, ponen de manifiesto el carácter juguetón y desafiante de la propia Shônagon, no sólo ante sus compañeras sino también -y sobre todo- ante los hombres, aun los poderosos, que encuentra a su paso. La emperatriz Sadako, a quien Shônagon sirve, suele propiciar estos intercambios a veces verbales, otras epistolares, que ponen a prueba el ingenio de su sirviente, lo que sugiere que la tenía entre sus favoritas. Shônagon tiene una mente brillante y lo sabe. El libro abunda en la réplica aguda, incluso mordaz, y el humor con que desnuda las pequeñeces y preocupaciones de todos los personajes de la corte sólo se detiene ante la familia imperial, hacia la que muestra una admiración incondicional. El pueblo, en cambio, es visto sólo ocasionalmente y a la distancia: "cuando me imagino como una de esas mujeres que viven en su hogar sirviendo fielmente a sus maridos -mujeres que no tienen la menor perspectiva interesante en la vida pero que creen ser perfectamente felices- siento un poco de desprecio”, dice en las primeras páginas del libro. Leyendo éste y otros comentarios, no sorprende que Murasaki la haya descripto como "terriblemente engreída" en su diario. AMOR A LA CARTA. Más allá del tono contemplativo y despreocupado con que se describen las costumbres de palacio, hay un subtema escondido en buena parte de los fragmentos: el de la vida amorosa de la propia Shônagon, caracterizada por la perpetua seducción y el amor furtivo. En el libro se describen y comentan las costumbres y etiqueta de los amantes ("un buen amante se conducirá con elegancia tanto en la oscuridad como en cualquier otro momento...”), pero Shônagon se cuida de contar historias personales. Sin embargo, muchas alusiones permiten suponerla una seductora consumada, que aprovecha su cultura literaria para hacerse atractiva e interesante. A diferencia de las mujeres del pueblo, las de la corte podían recibir hombres en sus aposentos e incluso pasar la noche con ellos sin ser socialmente reprendidas (aunque algunos hombres las tratan de frívolas). De hecho, la autora llega a recomendar un poco de "mundo" a sus congéneres antes de casarse: "podrían vivir por un tiempo en nuestro ámbito, y hasta asumiendo el papel de asistentes, de modo que pudieran conocer las delicias que nuestro mundo tiene para ofrecer”. Intentar descubrir entrelíneas en la vida amorosa de Shônagon se convierte en un juego fascinante, porque el texto da a entender que la autora esconde mucho más que lo que dice. En uno de los fragmentos, Shônagon se mofa repetidamente del guardabosque Narimasa, a cuya casa se ha mudado la Emperatriz con su séquito. Después de soportar sus bromas durante el día, el dueño de casa aprovecha una cerradura rota para abrir la puerta del cuarto donde duermen las damas de compañía, ansioso por hablar con ella. "¿Se me permite entrar?”, repite en el umbral, ante la risa de las jóvenes. Shônagon, que califica de "lasciva" la conducta de Narimasa, le niega el ingreso. Después escribe: "¡Qué absurdo! Una vez que había abierto la puerta, lo lógico habría sido que avanzara de una vez, sin volvernos a pedir autorización. Pues ¿qué mujer le habría dicho ‘por favor, pasa’?” Unos días más tarde, cuando Narimasa desea comunicarle algo, Shônagon acude ante su presencia. "Me preguntaba si Narimasa haría alguna referencia a su visita de la otra noche y sentí que mi corazón latía con violencia”, admite, "pero no dijo nada... ”. Un diálogo posterior con la Emperatriz, pleno de eufemismos, da a entender que todos están enterados del cortejo. Pero el episodio termina allí. En otras ocasiones, Shônagon apunta al pasar la belleza de algún servidor de la corte, para luego conversar con él: pero si el diálogo dio lugar a un contacto más íntimo, sólo podemos imaginarlo. A menudo la narración se interrumpe en el momento en que esto empieza a ser evidente. Otro consejero de palacio, el Capitán Tadanobu, aparece varias veces a lo largo del libro, alternativamente peleándose y amigándose con Shônagon. Los diálogos e intercambios de mensajes con Tadanobu son verdaderos duelos verbales, a menudo con la presentación de poemas incompletos a manera de acertijos (el destinatario debe completarlos). Todo indica que se trata de un juego de seducción prolongado en el tiempo, pero otra vez Shônagon está lejos de admitir interés de su parte, aunque apunte al pasar que Tadanobu "se veía magnífico siempre que venía a verme”. Es decir, se dirige al lector con las mismas indirectas que destina a los hombres. Tal vez era engreída, después de todo. Es en estos momentos cuando más contemporáneas suenan las palabras de Shônagon. No sólo reflejan una astucia indisimulable por su parte, sino también cuán poco han cambiado algunas cosas en un milenio. Por otro lado, la combinación de estos ocultamientos con una prosa transparente conforma una estrategia narrativa absolutamente moderna. Decir una cosa y significar otra: decir sin decir, tal es el juego que la autora domina naturalmente, nueve siglos antes de que Chéjov y Katherine Mansfield fundaran con los mismos elementos el cuento psicológico, cuya vigencia se mantiene hasta nuestros días. En este punto, cabe preguntarse si no incidirá en la lectura el trabajo del traductor. Amalia Sato, una argentina descendiente de japoneses, se basó en una versión inglesa y otra en japonés moderno. En una entrevista del diario Clarín aclaró, como para cubrirse: "toda traducción es inevitablemente una lectura de época, y ésta será uno de los posibles reflejos de la obra de Sei [...] Sin embargo -agrega-, el carácter desestructurado y abierto de su estilo -que refleja muy bien ese consejo que se daba a las damas de la Corte: caminar con elegancia, pero reservándose cada tanto un movimiento de arrastre de las sedas- le daba a la lectura y su traslado una frescura que se disfrutaba. Y una se sumergía en un presente sin distancias.” EL LIBRO DE LAS PREGUNTAS. Si la discreción de Shônagon es impenetrable, intentar averiguar algo más sobre ella equivale a andar a tientas: tal el misterio del Libro de la almohada. La lectura despierta diversas preguntas: ¿los fragmentos fueron escritos a medida que iban ocurriendo los sucesos y luego reunidos, o rememorados más adelante? ¿Sabía Shônagon que iban a ser leídos? Si es así, ¿por qué humilla en más de una ocasión a sus compañeras y conocidos, que iban a ser sus primeros lectores? Si no iba a divulgarlos, ¿es entonces sincera su admiración incondicional por la familia imperial, la única que se salva de sus constantes burlas y pullas? ¿Se condice esto con la obvia inteligencia y hasta cinismo de su carácter? "Aunque mis anotaciones son triviales y sin importancia, podían parecer malintencionadas e incluso peligrosas a otros, por eso he tenido cuidado en no divulgarlas", dice Shônagon en el fragmento que cierra el libro. A mitad del volumen había sido más ambigua al acotar, respecto de uno de los elementos de sus listas: "sé que es un asunto muy vulgar y que todos se disgustarán porque lo menciono. Pero lo hago igual, de hecho me siento con la libertad de incluir todo [...] Después de todo, estos objetos existen en nuestro mundo y todos los conocen. Admito que no figurarían en una lista que otros puedan ver Pero nunca pensé que estas notas serían leídas por nadie salvo yo misma, y por eso incluí todo lo que se me ocurrió, por extraño o desagradable que fuera.” Como los cuadernos originales se han perdido -el texto actual se obtuvo de la comparación entre varias copias posteriores- no se sabe en qué momento de su vida escribió Shônagon el texto, ni qué correcciones pudo hacerle antes o después de hacerlo público. Fuera de lo que dice de sí misma en el libro -que es poco- casi no hay datos sobre la autora. Su apellido verdadero es Kiyohara ("Sei" viene de la lectura china del primer ideograma del apellido), mientras que el término "Shônagon" sólo designa su cargo en la corte: "ayudante de menor rango". Sato apunta en el prólogo: "se dice que nació en 966 y que era hija de Motosuke, estudioso y poeta de cierta reputación “. Durante la década de 990 sirvió a la emperatriz Sadako, diez años menor que ella, y a su muerte (de parto, en 1001) habría servido, según diferentes versiones, a la hija de Sadako, Shûshi, o bien a la prima de ésta, Akiko (a quien también sirvió Murasaki, la autora del Romance de Genji). Pero aquí ya se entra en el terreno de la conjetura. Casi todas las versiones coinciden en que murió anciana y pobre. La curiosa ordenación de los fragmentos resalta el poco interés de Shônagon por hacer historia en el sentido lato del término. Un texto puede comenzar: "cuando guardábamos luto por el Canciller...”, pero la narración siempre se desarrolla antes o después de los hechos importantes, que nunca son narrados directamente (probablemente porque la historia oficial del Imperio era tarea de los literatos hombres, que escribían en chino). Tampoco se habla de la muerte de Sadako, aunque da la impresión de que el libro fue terminado con posterioridad. El famoso texto final, "Anochece", es el que arroja más pistas en este sentido. Allí se explica el origen del libro: Sadako recibió una pila de cuadernos y al no encontrarles utilidad ("el Emperador ya está redactando los Anales de Historia”) se los dio a Shônagon ("comencé a llenarlos con el relato de rarezas y toda clase de asuntos”). Algunas frases ("me gustaría dejar terminadas mis notas por completo...”) sugieren que este texto es un agregado posterior, concebido como cierre. Pero la traductora nos advierte: se sospecha que este fragmento no fue escrito por Shônagon. En el último párrafo se utiliza el adjetivo tawabureni para significar "entretenimiento", mientras que en otras 466 ocasiones la autora había preferido otro término, okashi. El tono reflexivo y melancólico del fragmento también se diferencia del resto. En todo caso, la lucidez y frescura de esta cortesana milenaria sirve para sustraer al lector de los problemas de la actualidad, marcando una línea divisoria entre lo que es pasajero y lo que se repite a lo largo de siglos y civilizaciones. A cambio, propone la aventura de descifrar el pasado remoto al compás de una voz increíblemente cercana. Tal el encanto del Libro de la almohada. ” VER MÁS
Fernando Chiappussi
- El País, de Montevideo -
“En el Japón, durante el período Heian (794–1185), hubo una mujer cuyo nombre se desconoce, pero que usaba el apodo de Sei Shônagon. Era hija del poeta Motosuke y se desempeñaba como dama de la corte de la emperatriz Sudako. Como muchas mujeres venideras, Sei Shônagon llevó un cuaderno íntimo en el se atrevió a ejercer todos los géneros literarios privilegiados por el otro sexo: ensayo crítico, poesía, relato corto, apunte filosófico. Vivía en la corte entretenida en sofisticados juegos de retórica que consistían en recordar poemas, completarlos de acuerdo con una consigna o modificarlos para loas de los soberanos. Lo más “vanguardista” de la escritora eran sus listas, una mezcla de epigrama, sentencia o zuihitsu (ensayo hecho como al correr de la pluma, en este caso el pincel). La editorial Adriana Hidalgo acaba de editar El libro de la almohada de Sei Shônagon, cuya traducción ha sido realizada por Amalia Sato, una crítica que está preparando su propio “libro de la almohada” que ella denomina, por modestia, “apuntes de lectura”. Amalia Sato es directora de la revista Tokonoma, especializada en literatura japonesa o en el efecto Japón en la literatura nacional. Uno de esos efectos ha sido una obra de teatro noh escrita por el pintor Alfredo Prior con el seudónimo de Omote Akira. –El manuscrito de Sei Shônagon se perdió –cuenta Sato–. Lo que tenemos son copias de copias y versiones de versiones. Eran papeles manuscritos de la corte que circulaban en un material muy precario. Quedaron Genji Monogatari (Romance de Genji) de Murasaki Shikibu y Makura no Sôshi (El libro de la almohada). Mi versión de éste está trabajada sobre el texto de Ivan Morris, que es como la versión canónica en lenguas occidentales. –¿Por qué El libro de la almohada? –De acuerdo con la lectura más literal puede pensarse que ella usaba metafóricamente los papeles como almohada. O que guardaba estos papeles de escritura en una almohada. No una almohada en el sentido actual sino una especie de mueble que se colocaba en la cabecera del lecho y donde se guardaban papeles personales, elementos de escritura. Otra versión es la anécdota que está hacia el final del libro y donde aparece la emperatriz hablando de unos cuadernos que no se iban a utilizar, y Sei Shônagon dice: “Si fueran míos, los usaría como almohada”. En japonés, la misma palabra designa a almohada y epíteto. Entonces también se puede interpretar El libro de la almohada como un libro de retórica. –Lo que sorprende es que suene totalmente contemporáneo. –Generalmente se habla de cultura japonesa como milenaria. Pero, en realidad, milenarias son las culturas de China y de la India. La escritura en Japón aparece muy tardíamente. Los primeros escritos son del siglo VI y la primera antología, del siglo VIII después de Cristo. O sea que, si hiciéramos una escala cronológica, comienza prácticamente con las lenguas romances occidentales y con una torsión muy fuerte que es la adopción del ideograma chino. Lo interesante es que estos ideogramas van siendo simplificados. En ellos son muy importantes los elementos de escritura y la caligrafía, fundamentales para la estilización formal. Cuando el ideograma, que era una lectura conceptual, se va simplificando, se le adjudica una lectura fonética. A partir de la simplificación de ciertaspartes del ideograma se elabora una escritura fonética: el hiragana, que se escribe con la caligrafía soshô de líneas suaves. Y ésa es la escritura vernácula, propia de Japón. En su elaboración, si bien no hay ningún dato histórico que lo pruebe, se supone que intervinieron las mujeres, porque se la llamó escritura femenina o de mano de mujer. –¿Protofeminismo? –No habría que ser tan programático. Al principio, cuando empecé a leer ciertos temas, pensaba siempre desde lo femenino, pero yo diría que si las mujeres no hubieran compartido esta escritura con los hombres en el epistolario amoroso, no sé si habrían tenido el mismo éxito. No sólo hubo en Japón fonetización de las escrituras. Hubo también en China y en Corea. En China la escritura nü shu, de ideogramas fonetizados, se descubrió recién en la década del ‘90. La estudió una antropóloga norteamericana, Cathy Silves, que cuando fue a estudiar a China sólo encontró a una informante de más de 90 años. Había una tradición de escritura fonética sólo compartida por mujeres y que también se perdió. Y en Corea también hubo fonetización en el siglo XV, la época de expansión del confucionismo. Se la utilizaba para adoctrinamiento de las mujeres a las cuales les estaba vedado tanto en China como en Japón el estudio del ideograma, que era algo de la escritura oficial. La fonetización, como el exotismo, siempre estuvo relacionada con mujeres. –¿Cómo se ingresaba a la corte del emperador? –Había un estamento de damas, de servidoras que tenían un acceso intelectual muy alto precisamente por tener que servir. De ahí la capacidad de esas mujeres de acceder a la escritura, que era un modo de expresión muy codiciado además de un pasatiempo. La originalidad de Sei Shônagon es que ella constantemente está opinando. Es un individuo, de ahí su modernidad. El diario es el género por antonomasia japonés. En él, ella utiliza sus famosas listas que se estudiaron hasta el siglo XVIII, porque se las consideraba repertorios poéticos. El romance de Genji es diferente. Hay quien dice que es proustiano. Trabaja con la memoria, con la noción de karma, de varias vidas, con una obsesión amorosa que se va repitiendo genéticamente y que atraviesa tres generaciones. El protagonista es un Don Juan japonés. –¿Qué dificultades tuvo la traducción? –Lo que más me costó fue transmitir esa claridad espacial. Cómo circula la gente, por dónde entra, desde dónde está mirando. El palacio era una serie de alas unidas por corredores. No había paredes. La privacidad se establecía con biombos muy bajitos detrás de los que las damas se sentaban para entablar conversación. También colgaban los quimonos que funcionaban como cortinados cuando recibían visitas o a algún amante. Y para que la reconocieran, mostraba una manga. Los vestidos tenían doce capas de colores, cada uno con una coloración muy especial y, de acuerdo con la combinación que se viera, se podía saber quién era la dueña de la manga. También se las podía reconocer por los perfumes. Era una vida muy sigilosa que se desarrollaba a partir del anochecer. –¿Había separación entre el ala de los hombres y el de las mujeres? –Sí, y también las damas de los estadios más altos de la nobleza estaban veladas a las otras. Pero eran muy libres. Las mujeres tenían su ala, no diría el cuarto propio como suele decir el lugar común, pero sí sus espacios donde ejercían su intimidad, su escritura, sus encuentros. Si se casaban, se retiraban de la corte y eran muy apreciadas por esposas de gobernantes porque tenían un verdadero savoir faire de etiqueta. En la corte todos eran muy jóvenes. Cuando Sei Shônagon escribe el libro, tiene 30 años y habla de sí misma como si fuera una vieja. Y la emperatriz tendrá 17 o 18 años, el emperador, quizás catorce. Las representaciones que se hacen de esa época son recién del siglo XV, donde se ven las cortes de palacio como si hubieran sido miradas desde arriba, escenas con flores y plantas que están inspiradas en las descripciones que se hacen en El romance de Genji. Traducirse Reforzado por los gustos amorosos de John Lennon y de Jorge Luis Borges, el mito de la mujer japonesa ha llegado hasta las letras de tango bajo los rasgos de una suavidad, una devoción y una dulzura ideales para combatir el mito de la occidental moderna, asociada a una agresividad y a una autonomía consideradas “castrantes”. Amalia Sato no pudo evitar que se intentaran buscar en su estilo los clichés habituales. Pero, para ella, Japón no es un origen sino un cuerpo literario donde la traducción se convierte en un instrumento crítico de esa versión occidental donde las geishas encarnarían una suerte de prostitución estética y los hombres, el suicidio por honor. Amalia pertenece a una familia cuyos integrantes viven en la Argentina desde hace tres generaciones. –Ser descendiente, más que autorizarte, te impide. El japonés es una lengua muy difícil, con enormes dificultades sobre todo en la escritura. Uno lo que más siente son las carencias, no los saberes. En realidad empecé a leer literatura japonesa recién a los treinta años. Fue a partir del trabajo con traducciones. Hay un texto que yo cito mucho y que me ayudó en una metodología de trabajo y que es Hanako de Mori Ogai, un escritor de la modernización. Cuando no estaba traducido, vi que lo citaba Donald Keene –un estudioso norteamericano de literatura japonesa– en su libro Paisajes y retratos, que está en inglés. Parecía una historia romántica, la de una bailarina japonesa de varieté que va a Francia y se encuentra con Rodin. Conseguí el original y trabajé con una alumna mía en la traducción. Es un texto muy breve y bien diferente de las interpretaciones que se habían hecho de él. El texto no era ni exotista ni constituía una exaltación de la mujer japonesa. No tergiversaba Japón para poder entrar en el imaginario occidental. –Había una mirada sobre Occidente, una versión “de vuelta”. –Estaba citado el texto de Baudelaire, La Morale du joujou, traducido como La metafísica de los juguetes. Aparecía Rodin, las conferencias de Rilke, transcriptas, citadas, toda esa intertextualidad de la que se habla tanto hoy, pero desplegada en 1911 por este autor japonés. Había un Baudelaire recontextualizado, recitado, y ahí me dio una enorme curiosidad por seguir traduciendo. Tuve una especie de iluminación. Me di cuenta de que traducir es la mejor manera de leer y de no quedarse con la interpretación, sobre todo la de los estudiosos norteamericanos que son los que más trabajaron con literatura japonesa. Porque mucha gente trabajó como intérprete del japonés en la Segunda Guerra. Muchos adquirieron el idioma gracias a eso y quedaron fascinados por la cultura japonesa. Esas interpretaciones, que son casi glosas, te impiden leer el texto. Cuando traducís, vas ajustando una lectura y una visión. –¿Cuáles son las mayores “perversiones” que registró en ese sentido? –La exotización. Esas lecturas impresionistas del siglo XIX. Esos clichés como el de la geisha como paradigma de femineidad, cuando en realidad la geisha toma su modelo del travesti. La geisha encarnó eso para Occidente en el momento en que hacía crisis la femineidad occidental con la irrupción del psicoanálisis. Otro cliché es el efecto Japón como nostálgico y decadente. Y, por supuesto, la selección de determinados autores como Tanisaki, Mishima y Kawabata, que satisfacen esa suerte de narcisismo decadente occidental que se deposita en el Japón. Las enumeraciones o listas de Sei Shônagon, traducidas por Amalia Sato, contienen verdades a prueba del paso del tiempo. Por ejemplo, esta selección pertenece a las listas de cosas que reprueba en categoría de odiosas, inapropiadas o sórdidas: “He cometido la locura de invitar a un hombre a pasar la noche en un lugar poco conveniente y comienza a roncar.” “El hombre que amamos está borracho y se la pasa diciendo las mismas cosas.” “Una mujer que ha perdido ya su juventud, está embarazada y camina jadeando. También es reprobable ver a una mujer de cierta edad con unmarido joven, y más inapropiado si se pone celosa porque él ha ido a visitar a alguien.” ” VER MÁS
María Moreno
- Página/12 -


